
La colcha de retazos del Verde: Buquelistas, petrismo y el dueño invisible que nadie toca
abril 9, 2026Claudia Carrasquilla denuncia la fiesta millonaria que burló la ‘Paz Total’ en Itagüí
Lo ocurrido en la cárcel de Itagüí el pasado 8 de abril no es un simple desliz administrativo; es un escándalo que desnuda la fragilidad de nuestro sistema penitenciario y la compleja relación entre poder, impunidad y política en Colombia. Cabecillas de bandas delincuenciales organizaron una rumba vallenata de lujo en el pabellón de alta seguridad, con artistas reconocidos como Nelson Velásquez y Luis Posada, licor, catering, meseros y hasta solistas de música popular. El costo estimado: 500 millones de pesos, financiados por una “vaca” entre los mismos internos. Solo a Velásquez se le habrían pagado 100 millones.
El hecho es, por decir lo menos, insultante. Mientras la sociedad lucha con la violencia, la criminalidad y la falta de oportunidades, los jefes de bandas celebran en un pabellón que debería ser símbolo de control y rehabilitación. Y lo más alarmante: la rumba ocurrió gracias a la negligencia del director encargado del penal y de la vigilancia, quienes estaban de descanso o no supervisaron la operación. Se sumó a esto la complicidad de funcionarios que ahora son investigados, revelando grietas profundas en la cadena de responsabilidad del INPEC.
El contexto político le da un matiz aún más grave al escándalo. Los jefes de estas estructuras criminales son interlocutores en los diálogos de Paz Total del Gobierno Nacional, lo que convierte la fiesta en un acto de burla a la institucionalidad y a los compromisos del proceso. La senadora Isabel Zuleta lo dejó claro: rechazo absoluto a los funcionarios que permitieron la parranda. El Gobierno Nacional suspendió inmediatamente la agenda de interlocución con los voceros de las bandas hasta esclarecer responsabilidades.
Lo sucedido recuerda que la línea entre la política y la criminalidad puede ser peligrosamente difusa en Colombia. Las reglas que permiten a ciertos internos participar en diálogos de paz deben estar acompañadas de mecanismos de control rigurosos, porque de lo contrario terminan siendo utilizados como escudo para exhibir poder y riqueza dentro de los penales. La contratación de artistas, los discursos y la comida de lujo no son un “error aislado”, sino un mensaje de impunidad y arrogancia que no puede normalizarse.
Este episodio debe ser un punto de inflexión. Cambiar directores y abrir investigaciones disciplinarias es necesario, pero insuficiente. La sociedad exige transparencia, responsabilidad y un sistema penitenciario que funcione de manera efectiva, sin que los cabecillas de las bandas celebren mientras el país lidia con las consecuencias de su violencia. Mientras tanto, Nelson Velásquez y compañía solo son la parte visible de un problema estructural que exige soluciones de fondo: control, supervisión y sanción real.
En última instancia, la pregunta es incómoda pero necesaria: ¿cómo podemos confiar en procesos de paz que permiten que los interlocutores de la criminalidad celebren con lujo y privilegios dentro de un penal? Hasta que no se fortalezcan los controles y la rendición de cuentas, la sociedad seguirá siendo testigo de rumbas millonarias tras rejas mientras paga las consecuencias afuera.





