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El reciente remezón en el gobierno de Gustavo Petro, con la renuncia de altos funcionarios y la crisis interna que ha generado el nombramiento de Armando Benedetti y Laura Sarabia en posiciones clave, ha puesto en evidencia la influencia de un círculo cerrado que parece intocable dentro del Ejecutivo. Este grupo de poder, encabezado por Benedetti, Sarabia y Ricardo Roa, no solo ha estado presente desde la campaña presidencial, sino que ha sabido consolidarse como la columna vertebral de la administración petrista, independientemente de los escándalos y cuestionamientos que los rodean.
Para entender por qué el presidente Petro los mantiene a toda costa, hay que remontarse a la génesis de esta relación. Benedetti, un experimentado político barranquillero que saltó del Partido de la U al petrismo en 2021, se convirtió en el principal arquitecto de los puentes entre el candidato y los sectores liberales. Su llegada a la campaña no fue en solitario: lo acompañaba Laura Sarabia, una joven politicóloga que había sido su asistente y que rápidamente se volvió indispensable para la organización de la agenda del candidato. Junto a ellos, Ricardo Roa, el hombre de la chequera, se encargaba de la operatividad económica de la campaña, financiando giras y cierres de eventos con celebraciones incluidas.
Estos tres personajes se convirtieron en los escuderos de Petro durante la contienda electoral, pero también fueron testigos (y protagonistas) de la másica de la campaña: los acuerdos políticos, la financiación y los apoyos que consolidaron el camino del Pacto Histórico al poder. Por eso, cuando se develaron los audios de Benedetti en los que amenazaba con revelar secretos sobre la financiación de la campaña, la crisis fue inminente. Pero en lugar de marginarlo, Petro terminó reincorporándolo con un cargo clave: la jefatura de gabinete.
El caso de Sarabia es similar. Su ascenso meteórico dentro del gobierno la llevó a ser primero jefa de gabinete, luego directora del DAPRE, más tarde directora de Prosperidad Social y ahora ministra de Relaciones Exteriores. Pese a haber estado en el centro del escándalo por las chuzadas ilegales a la exniñera de su hijo, su cercanía con el presidente le ha garantizado inmunidad y nuevas oportunidades dentro del Ejecutivo.
Ricardo Roa, por su parte, se mantiene firme en la presidencia de Ecopetrol a pesar de estar bajo la lupa de la justicia por presuntas violaciones a los topes de financiación de la campaña presidencial. Su permanencia en el cargo refleja la confianza absoluta de Petro en un hombre que ha manejado las finanzas del petrismo desde su paso por la Alcaldía de Bogotá.
El regreso de Benedetti y Sarabia al primer anillo del poder ha generado una fractura interna en el gobierno. La renuncia del director del DAPRE, Jorge Rojas, y del ministro de Cultura, Juan David Correa, son solo los primeros síntomas de una crisis que podría escalar con una posible reconfiguración del gabinete ministerial. La permanencia de este círculo de poder también podría tener efectos en la relación del Ejecutivo con el Congreso y con las bases del petrismo, que cada vez ven con más escepticismo el pragmatismo político del mandatario.
El poder de Benedetti, Sarabia y Roa no radica solo en los cargos que ocupan, sino en la información que poseen. Petro los mantiene cerca porque sabe que son depositarios de los secretos mejor guardados de su campaña y de su gobierno. En la política, la lealtad es un bien escaso, y en un gobierno que enfrenta tantas tormentas, tener aliados que lo sepan todo es un escudo imprescindible. Pero también es un arma de doble filo, porque cuando la lealtad tambalea, los secretos pueden convertirse en el inicio de la caída.
El tiempo dirá si estos intocables seguirán sosteniendo el gobierno de Petro o si, en algún momento, el peso de sus propias sombras los terminará arrastrando a ellos y al presidente.





