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Han pasado casi tres años desde que Gustavo Petro llegó al poder, cargando no solo con las esperanzas de millones, sino también con el peso histórico de ser el primer presidente de izquierda elegido democráticamente en Colombia. Era, sin duda, un momento simbólico. Pero hoy, ese símbolo parece más desgastado que fortalecido.
El análisis demoledor de The Economist, titulado “El terrible presidente de Colombia se desespera”, no hace concesiones. Retrata a un mandatario atrapado entre sus promesas y sus fracasos, envuelto en una retórica que busca justificar lo que no ha podido transformar. Y esa es, quizá, la palabra clave: transformación. Petro no fue elegido para administrar. Fue elegido para cambiarlo todo. El problema es que no ha podido cambiar casi nada.
Una promesa que se diluye
La idea de una Colombia más justa, con una salud pública fuerte, pensiones dignas y un trabajo más humano, fue la columna vertebral de su discurso. Hoy, esas reformas están estancadas, enredadas en debates interminables, o modificadas hasta quedar irreconocibles. La reforma a la salud, por ejemplo, que buscaba reemplazar el modelo mixto por uno plenamente público, terminó en confrontación directa con el Congreso. Tras su hundimiento, el gobierno intervino las EPS más grandes, generando más desconfianza que certezas.
La reforma pensional, por su parte, fue devuelta por la Corte por vicios en el trámite. Iba a entrar en vigor el 1 de julio. Ahora, está en el limbo. Solo la reforma laboral ha sido aprobada —y apenas después de presiones presidenciales—, pero viene acompañada de advertencias: podría aumentar la informalidad en un país donde más del 60 % de los trabajadores ya están por fuera del sistema formal.
Un país que no espera más
Mientras los proyectos se diluyen en trámites, el país real se desangra. La “paz total” —bandera moral y política del actual gobierno— no ha frenado ni las masacres ni los atentados. Uno de los hechos más graves fue el ataque contra el senador Miguel Uribe, opositor al gobierno. En paralelo, siguen los asesinatos de líderes sociales, como en el Catatumbo, donde el mismo líder que una vez creyó en Petro hoy teme que “todo haya sido en vano”.
Es cierto que Petro recibió un país fracturado, con heridas estructurales y una institucionalidad desconfiada del cambio. Pero el ejercicio del poder requiere más que ideas: necesita diálogo, alianzas, inteligencia política. Petro, sin embargo, ha optado muchas veces por el enfrentamiento. Según The Economist, su estilo “pugilístico” —que en redes sociales ha derivado en comparaciones con nazis y esclavistas— ha aislado aún más su gestión.
¿Asamblea Constituyente o última carta?
En este contexto, la propuesta de una asamblea constituyente no suena a proyecto democrático sino a intento de salvación. El presidente propone incluir una consulta en las elecciones de 2026 para reescribir la Constitución. Pero, ¿para qué y con qué límites? No lo ha explicado. Y eso es lo que preocupa: que se quiera introducir por vía constitucional lo que no se ha podido lograr por el camino democrático.
Con un respaldo ciudadano que apenas ronda el 30 %, sin posibilidad de reelección ni un sucesor fuerte, Petro parece apostar a un movimiento plebiscitario que legitime lo que el Congreso le ha negado. Para The Economist, eso no es una solución, sino “una idea peligrosa”.
La promesa rota
Gobernar no es solo tener razón. Es también construir, convencer, resistir con paciencia. Petro aún tiene margen para corregir, pero ese margen se reduce con cada decreto improvisado, cada ministro que renuncia, cada trino incendiario.
La historia será menos indulgente que los editoriales. No juzgará por las intenciones, sino por los resultados. Y hoy, muchos de los que soñaron con una transformación real se preguntan si votaron por un reformador… o por un frustrado.





