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Las palabras de Sneyder Pinilla no son una anécdota ni un desliz mediático. Son una acusación directa al corazón del poder. Desde prisión, el exsubdirector de la UNGRD y primer condenado por el escándalo de corrupción que saqueó recursos destinados a los más vulnerables, lanzó una frase demoledora: “Toda la gente cercana al Presidente sabía”.
No es menor. No es retórica. Es el testimonio del testigo clave de una trama que, según él, no fue improvisada ni marginal, sino una estructura criminal enquistada en el Estado, con ramificaciones políticas, administrativas y parlamentarias. Y lo más grave: con conocimiento —o al menos tolerancia— del entorno más próximo al presidente Gustavo Petro.
Pinilla no acusa al azar. Señala que su versión está respaldada por matrices de colaboración, por procesos judiciales en curso y por un hecho imposible de ignorar: exaltos funcionarios presos, otros prófugos y varios más desesperados buscando acuerdos con la Fiscalía. Si todo fuera mentira, ¿por qué tantos nombres poderosos están hoy bajo la lupa judicial?
El cinismo alcanzó niveles insoportables cuando salió a la luz el video del exdirector del Dapre, Carlos Ramón González, bailando en Nicaragua mientras enfrenta graves señalamientos. Para Pinilla, la escena no es solo ofensiva: es una burla descarada a un país golpeado por la corrupción. Un símbolo de impunidad.
Pero el episodio más explosivo es el que involucra un presunto intento de soborno para comprar su silencio. Trece mil millones de pesos en contratos. Esa fue, según Pinilla, la cifra que le pusieron sobre la mesa. No para servir al Estado, sino para callar. ¿Quién tiene ese poder? ¿Quién puede ofrecer semejante suma sin dejar rastro político?
Aún más perturbador es su relato sobre la entrega de dinero en efectivo a congresistas. Maletas, montos fraccionados, reclamos porque un día no llegaron completos los 3.000 millones. No es una película: es la radiografía de una corrupción obscena, normalizada, y ejercida con arrogancia. Y mientras tanto, varios de los salpicados hoy hacen campaña, dan discursos y hablan de moral pública.
Cuando se le preguntó si el presidente Petro sabía, Pinilla fue prudente, pero su respuesta pesa como una losa: no afirma que el mandatario lo supiera, pero recuerda que su círculo más cercano está hoy preso, fugado o negociando con la justicia. Eso, por sí solo, es una condena política.
El cierre de Pinilla es devastador. Su mensaje a La Guajira, territorio golpeado por la corrupción de los carrotanques, no es un gesto simbólico: es una confesión. “Les fallé”. Una frase que resume el drama de un país donde los recursos para los más pobres terminaron alimentando una maquinaria de saqueo.
Hoy la pregunta no es si hubo corrupción —eso ya está probado—. La pregunta es hasta dónde llegará la verdad, quiénes más caerán y si el discurso anticorrupción del Gobierno resistirá el peso de sus propias contradicciones.
Porque si “toda la gente cercana al Presidente sabía”, alguien tendrá que responder. Y no solo ante los jueces, sino ante el país.





