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Durante el gobierno de Iván Duque, la izquierda y los sectores hoy en el poder salieron a las calles a gritar «nos están matando» cada vez que una masacre o el asesinato de un líder social sacudía al país. Cada cifra era un escándalo nacional, un motivo para exigir renuncias y señalar la indolencia oficial.
Hoy, los números del último año del gobierno de Gustavo Petro demuestran que la tragedia humanitaria no solo se mantuvo, sino que consolidó una dolorosa normalización de la barbarie: un líder social asesinado cada dos días y medio, y una masacre cada tres días.
Las cifras oficiales de la Defensoría del Pueblo para el periodo entre enero y julio de 2026 sonlapidarias: 90 líderes sociales asesinados, 5 firmantes de paz y 77 masacres que dejaron 300 víctimas mortales. Y, sin embargo, el eco político de aquel «nos están matando» parece haberse apagado en los pasillos del poder.
Radiografía de una tragedia que no cesa
La violencia en Colombia sigue operando bajo la misma lógica macabra, sin importar quién ocupe la Casa de Nariño. Los datos del primer semestre de 2026 dejan en evidencia que la expansión de los grupos armados —que ya alcanzan los 29.000 hombres en armas y redes de apoyo— sigue cobrándose vidas a un ritmo insostenible.
Líderes bajo fuego: Entre enero y junio fueron asesinados 90 defensores de derechos humanos (71 hombres y 19 mujeres). Abril marcó el pico más alto con 18 casos. Cauca (21), Antioquia (11), Valle del Cauca (9) y Norte de Santander (8) concentran la mayor sangre derramada. Desde 2016, la cifra de líderes silenciados asciende a 1.755.
El exterminio de los firmantes: A este panorama se suman cinco excombatientes que dejaron las armas tras el Acuerdo de Paz y fueron asesinados entre enero y julio, en crímenes registrados en Caquetá, Cauca, Huila y Putumayo.
Una masacre cada tres días: Los primeros 212 días del año dejaron 77 masacres y 300 víctimas. Marzo fue el mes más violento con 14 hechos. Cauca (13), Antioquia (11), Norte de Santander (8), Atlántico y Valle del Cauca (7 cada uno) encabezan un mapa de terror que se extiende por prácticamente todo el país.
El Cauca: la herida abierta
Si hay un territorio que resume el fracaso histórico del Estado para proteger a su gente, ese es el Cauca. Es el departamento más golpeado del país, al concentrar 13 de las 77 masacres y 21 de los 90 asesinatos de líderes sociales.
Las comunidades de Popayán y sus zonas rurales siguen atrapadas en un fuego cruzado implacable donde el ELN, las disidencias de ‘Mordisco’ y redes criminales transnacionales —como los ecuatorianos de ‘Los Choneros’— se disputan el control territorial a sangre y fuego. A esto se le suma una de las realidades más escalofriantes y silenciosas del conflicto: el crecimiento exponencial del reclutamiento infantil en los últimos cuatro años.
La doble moral del dolor
La tragedia en las regiones demuestra que la violencia en Colombia tiene raíces estructurales profundas que trascienden los mandatos presidenciales. Pero la memoria política tampoco se borra tan fácil.
Aquellos que construyeron su capital político contando muertos y exigiendo empatía absoluta hoy enfrentan el espejo de unas cifras que duelen igual o más. Cuando la muerte se convierte en estadística oficial y el escándalo depende de quién gobierne, el país entero pierde la brújula moral. Las vidas en el Cauca, Antioquia o el Valle valen lo mismo, sin importar la bandera de quien esté en el poder.





