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marzo 29, 2026Polémica por contrato en Findeter: Empresas niegan certificaciones presentadas en licitación
Lo ocurrido con la Findeter no es un error administrativo. Tampoco una simple cadena de coincidencias desafortunadas. Es, en el mejor de los casos, una suma de decisiones difíciles de justificar; y en el peor, un caso que podría encajar perfectamente en el manual clásico de la corrupción en Colombia.
Un contrato por más de 18.000 millones de pesos adjudicado a toda prisa, horas antes de la ley de garantías. Un proceso previo que se cae dos veces por irregularidades. Empresas que presentan certificaciones que entidades como el Banco de Bogotá desconocen. Y, como si fuera poco, documentos de experiencia atribuidos a Dinissan que la propia compañía desmiente.
¿De verdad alguien puede creer que todo esto es casualidad?
La Fiscalía General de la Nación, bajo la dirección de Luz Adriana Camargo, ha dicho que el caso será prioritario. Y no es para menos. Aquí no solo hay indicios de falsedad documental; también aparece un elemento aún más grave: la posible suplantación de identidad de uno de los integrantes del consorcio adjudicatario. Es decir, alguien podría haber usado el nombre de una empresa —y de su representante— sin autorización para quedarse con un contrato público.
Eso ya no es desorden. Eso es, potencialmente, crimen organizado.
Lo más inquietante no es solo lo que hicieron los contratistas, sino lo que permitió el sistema. ¿Cómo un proceso con tantas señales de alerta termina en una contratación directa exprés? ¿Cómo, después de detectar documentos presuntamente falsos, aparece un nuevo consorcio con actores que ya habían estado bajo cuestionamiento?
La historia trae ecos inevitables del escándalo de Centros Poblados. Otra vez certificados dudosos. Otra vez controles que fallan. Otra vez recursos públicos en riesgo, esta vez destinados a maquinaria para vías en zonas golpeadas por la violencia.
Aquí hay responsabilidades que no se pueden diluir. La mirada inevitable recae sobre la cúpula de la entidad, incluyendo a Carlos Saad y Iván Alirio Ramírez. No porque sean culpables por defecto, sino porque los procesos que terminan en estos desenlaces pasan por sus manos.
Y mientras tanto, el silencio del gobierno resulta ensordecedor. El presidente Gustavo Petro, que ha hecho de la lucha contra la corrupción una de sus principales banderas, aún no se pronuncia sobre un caso que compromete recursos públicos y la confianza institucional.
Este no es un escándalo menor. Es una prueba. Una más.
La diferencia es que esta vez las alertas no aparecieron después del daño. Estaban ahí desde el principio: documentos cuestionados, procesos fallidos, decisiones apresuradas.
Si aun así el contrato avanzó, la pregunta ya no es qué falló.
La pregunta es quién dejó que pasara.





