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mayo 8, 2025Héctor Abad desenmascara la estrategia política del HP: Honorable Presidente
En su reciente y feroz columna, Héctor Abad Faciolince expone con claridad y sarcasmo un fenómeno preocupante que atraviesa el panorama político colombiano: el vaciamiento del debate público, la banalización del lenguaje y la creciente toxicidad discursiva liderada desde la misma cabeza del Estado. Su crítica va más allá del estilo —aunque no se ahorra en detalles como el “lifting” presidencial o el “rojo chavista”— y apunta al fondo: la manipulación emocional como herramienta de campaña, la desinformación disfrazada de retórica popular y una consulta popular que, según él, no es más que un caballo de Troya con fines electorales.
El presidente, en su doble rol de “PP” (pésimo presidente) y “CP” (candidato político), ha normalizado un discurso beligerante, polarizador y muchas veces vulgar. El uso de siglas como HP (que en Colombia no necesita traducción) disfrazado de “honorable parlamentario” es solo un ejemplo del doble juego: insultar sin asumirlo, agitar sin hacerse responsable. Esa es, como señala Abad, una estrategia calculada para mantener al adversario en el lodo y evitar cualquier discusión seria sobre las reformas que el país realmente necesita.
Y sí, tiene razón Abad cuando dice que “la crispación lingüística es la antesala de la violencia”. No es gratuito que en un país con profundas heridas de guerra, el lenguaje del poder vuelva a evocar “la guerra a muerte” y enarbole espadas como símbolo de lucha y no de reconciliación. Lo preocupante no es solo el discurso: es lo que ese discurso habilita. Cuando el jefe de Estado convierte el espacio democrático en un campo de batalla simbólico, sus seguidores lo convierten en uno real.
A eso se suma, como bien denuncia Abad, el uso populista de propuestas laborales imposibles de sostener fiscalmente, diseñadas más para ganar simpatías en encuestas que para generar bienestar real. Todo, mientras en paralelo se fortalecen redes clientelistas y se mantiene el gasto público en contratos que reproducen la informalidad que se dice combatir.
Lo más trágico de todo esto es que, mientras las élites se pelean a gritos y se acusan de “esclavistas” y “asesinos”, la ciudadanía real —esa que madruga, que sobrevive con lo justo y que no tiene ni Twitter ni tiempo para las siglas— sigue a la deriva, entre el miedo y el escepticismo. Porque más allá del espectáculo, no hay respuestas claras, ni políticas públicas sostenibles, ni liderazgo ético.
Como diría Abad: el populismo es incapaz de hacer lo necesario cuando eso implica asumir costos. Prefiere la ovación que la solución. Y ahí, en esa peligrosa zona donde el Estado deja de ser gobierno para volverse espectáculo, es donde el país se extravía.
Colombia no necesita más insultos ni más farsas simbólicas. Necesita una dirigencia seria, capaz de gobernar sin atajos lingüísticos ni enemigos imaginarios. Y sobre todo, necesita que volvamos a hablar con verdad, con respeto y con altura. Porque cuando el lenguaje del poder se vuelve veneno, la democracia entera se envenena.





