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La batalla interna del petrismo por el poder: entre egos, rupturas y cálculos electorales
A un año de iniciar la recta final del gobierno de Gustavo Petro, el progresismo ya vive una silenciosa, pero intensa carrera por la sucesión. Aunque el presidente aún no ha dado su bendición a ninguno de sus exfuncionarios o aliados políticos, la baraja de precandidatos que quieren mantener el proyecto político en la Casa de Nariño está cada vez más nutrida. Lo que aún no está claro es si alguno de ellos tiene la fuerza para consolidar una candidatura competitiva, unificadora y ganadora.
Entre los nombres que ya suenan destacan figuras que han hecho parte del círculo cercano del presidente, como Luis Gilberto Murillo, Roy Barreras, Carolina Corcho, Juan Fernando Cristo, Gustavo Bolívar, Mauricio Lizcano, Susana Muhammad, Camilo Romero y hasta el exgeneral William Salamanca.
Una izquierda fragmentada, no unificada
Uno de los mayores retos del progresismo de cara a 2026 no es solo encontrar un candidato, sino lograr que ese candidato logre unir a una izquierda que hoy parece más fragmentada que nunca. Hay sectores del petrismo que se reconocen en el ala radical y otras fuerzas que buscan un tono más conciliador con el centro y la centroizquierda. Este quiebre interno complica la posibilidad de una candidatura de consenso.
Luis Gilberto Murillo, con una carrera diplomática y un discurso de unidad, intenta posicionarse como un puente entre el progresismo, el santismo y sectores moderados. Sin embargo, su falta de estructura política propia le resta impulso.
Roy Barreras, a pesar de sus problemas con el Consejo de Estado, regresa con el objetivo de liderar el “frente amplio” que el propio Petro ha promovido, pero su figura sigue generando desconfianza en algunos sectores del petrismo más joven por su pasado político camaleónico.
Carolina Corcho, exministra de Salud, representa al ala más ideológica del petrismo, con respaldo de las bases duras, pero con poco atractivo fuera de ese núcleo. Su tono confrontacional podría jugarle en contra en una contienda nacional donde los consensos pesan más que los discursos doctrinarios.
¿La continuidad de Petro sin Petro?
Una de las preguntas que debe resolver la izquierda es si desea una continuidad exacta del modelo Petro o una evolución del mismo. Figuras como Bolívar o Camilo Romero podrían representar una transición que mantenga el ideario del “Gobierno del Cambio”, pero con una narrativa distinta, menos desgastada y más táctica.
Bolívar, por ejemplo, parte con ventaja en las encuestas, pero su distancia con Petro y su salida ruidosa del Ejecutivo lo dejan sin el respaldo pleno del mandatario. Romero, por su parte, tiene simpatía en sectores ambientalistas y juveniles, pero no ha demostrado aún un crecimiento consistente fuera de su nicho.
En cambio, personajes como Mauricio Lizcano y Juan Fernando Cristo podrían intentar acercamientos con sectores de centro o incluso centro-derecha, aunque su identificación con el gobierno Petro no sea tan sólida, lo que los hace viables en coaliciones pero vulnerables frente a las bases del Pacto Histórico.
¿Y el guiño de Petro?
El presidente Gustavo Petro, hasta ahora, ha evitado comprometerse con un delfín político. Esta estrategia, aunque prudente, tiene un riesgo: si deja que el tiempo avance sin una figura cohesionadora, podría abrir el camino para que la oposición capture el electorado moderado desencantado con su gestión.
Además, está el dilema de si Petro desea proyectar su legado en un liderazgo nuevo o si apostará por uno de los suyos, lo que podría reforzar la narrativa de continuidad, pero también la crítica por concentración del poder.
Conclusión
La carrera por la sucesión de Petro ya arrancó, y aunque hay muchos aspirantes, ninguno ha logrado consolidarse como favorito. La falta de cohesión en la izquierda, la división entre radicales y moderados, y la ausencia de un liderazgo nítido podrían terminar por debilitar las posibilidades de una reelección del proyecto progresista.
El progresismo no solo necesita un nombre, necesita un relato renovado, una estrategia clara y una coalición real. De lo contrario, la llamada «segunda oportunidad» del cambio podría quedarse en el discurso.





