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En Colombia, la corrupción suele medirse en cifras. Millones, miles de millones, contratos inflados. Pero hay casos en los que no alcanza con hablar de dinero. Hay casos en los que la corrupción se mide en hambre.
Lo ocurrido recientemente en La Guajira es uno de ellos.
Un entramado que, según investigaciones, habría desviado más de 860 millones de pesos destinados a la alimentación infantil mediante la manipulación de contratos no es simplemente otro escándalo administrativo. Es la evidencia de una tragedia moral: recursos diseñados para alimentar a niños terminaron alimentando redes de corrupción.
Y eso, en un territorio donde el hambre no es una metáfora.
La Guajira lleva años siendo sinónimo de abandono. Las cifras de pobreza, la crisis de agua y los recurrentes casos de desnutrición infantil no son nuevos. Tampoco lo son los escándalos. Desde irregularidades históricas en el Programa de Alimentación Escolar hasta contratos fallidos en entidades públicas, el patrón se repite: dinero que llega, pero no transforma.
Lo nuevo, quizás, es la crudeza con la que se revela el mecanismo.
Manipulación contractual. Recursos desviados. Programas que existen en el papel, pero no en los platos de los niños.
No es solo corrupción. Es una forma de violencia.
Porque cuando se roba en salud o infraestructura, el daño puede ser diferido. Pero cuando se roba en alimentación infantil, el impacto es inmediato: un niño que no come hoy no espera procesos judiciales, ni reformas institucionales, ni debates políticos.
En La Guajira, esa realidad es cotidiana.
Diversos informes han advertido que la región enfrenta una crisis estructural donde la desnutrición infantil sigue cobrando vidas, en medio de fallas institucionales y posibles irregularidades en programas sociales.
Y ahí es donde la corrupción deja de ser un problema administrativo para convertirse en una cadena de responsabilidades que atraviesa todo el Estado.
Porque estos hechos no ocurren en el vacío.
Requieren funcionarios que firmen, controles que fallen, supervisiones que no se ejerzan y, muchas veces, una normalización social del desvío de recursos. La corrupción en La Guajira no es un accidente: es un sistema que ha aprendido a operar incluso en medio de la emergencia.
Lo más preocupante no es que ocurra. Es que se repita.
Año tras año, escándalo tras escándalo, la historia parece cambiar de protagonistas, pero no de guion. Y mientras tanto, los más afectados siguen siendo los mismos: niños indígenas, comunidades olvidadas, familias que dependen de programas que, en muchos casos, no llegan.
El país suele reaccionar con indignación. Pero la indignación, por sí sola, no alimenta.
La pregunta incómoda es otra: ¿por qué, después de tantos casos, el sistema sigue permitiendo que esto ocurra?
Tal vez porque la corrupción en Colombia no solo roba recursos. También roba urgencia. Convierte lo inaceptable en cotidiano, y lo escandaloso en rutina.
Pero hay algo que no debería volverse costumbre: que el hambre de los niños termine siendo parte del negocio.
Porque cuando eso pasa, el problema ya no es solo la corrupción.
Es la pérdida total de límites.





