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El país entero contuvo la respiración durante semanas. El secuestro de Lyan José Hortúa Bonilla, un niño de apenas 11 años, estremeció a Colombia no solo por su crueldad, sino por la oscura red de crimen, dinero y poder que se escondía detrás del cautiverio. Lo que parecía un caso más en una región asediada por la violencia, resultó ser una vendetta entre los herederos del narcoimperio que una vez gobernó el Valle del Cauca.
El padre biológico de Lyan, José Leonardo Hortúa, era un nombre temido en los bajos fondos. Alias Mascota o el Mochacabezas, como lo conocían por los atroces desmembramientos que ordenaba, fue uno de los hombres de confianza de Diego Rastrojo, capo extraditado a Estados Unidos. Hortúa fue asesinado en 2013 mientras asistía a una cita odontológica en Cali, pero su pasado criminal volvió a cobrar vida más de una década después, cuando su hijo fue arrancado de su hogar por un grupo armado.
Las autoridades reconstruyen hoy el rompecabezas detrás del secuestro. El niño no fue el blanco inicial. Los criminales buscaban a su madre, Angie Bonilla, o a su padrastro, Jorsuar Suárez. Al no encontrarlos, se llevaron a Lyan. No fue un error cualquiera: los hombres que ejecutaron la acción habrían actuado por encargo del temido Diego Rastrojo, en un intento por recuperar una deuda que, según cálculos, ascendía a más de 37 mil millones de pesos.
Una herencia maldita
Hortúa, junto a Rastrojo, amasó una fortuna en propiedades y dinero. Parte de ese botín, aseguran fuentes policiales, quedó en manos de Angie Bonilla. Con la muerte del primero y la captura del segundo, los bienes desaparecieron o pasaron a manos desconocidas. La orden del capo fue clara: recuperar lo perdido. La misión, delegada a la disidencia Jaime Martínez de las Farc, fracasó en su objetivo original, pero desencadenó una crisis que puso en vilo a toda una región.
Durante los días de cautiverio, se tejieron silenciosas redes de comunicación desde las cárceles del país. Viejos aliados de Mascota, como alias Pipe Tuluá, Alacrán y Guacamayo, exigieron que se respetara la vida del niño. La presión fue tan fuerte que, según un investigador, “si le pasaba algo a Lyan, estallaba una guerra narco en el Valle”.
Entre el abandono y la desesperación
Mientras tanto, la familia del menor vivía un calvario. El padrastro denunció sentirse abandonado por el Estado. “Nunca llegó nadie. Nadie nos apoyó. Tuvimos que resolverlo solos”, afirmó en declaraciones recientes. Y resolverlo, en este caso, significó pagar. Aunque la familia no reveló la suma exacta, las autoridades estiman que se entregaron alrededor de 4.000 millones de pesos como primer abono de una deuda que va mucho más allá de un simple rescate.
El dinero fue entregado a un emisario en la zona rural de Jamundí, verificado billete por billete, y solo entonces se autorizó la liberación del menor, que se dio en condiciones que aún están siendo investigadas. Días después, Antonio Cuadros, primo del padrastro y pieza clave en la entrega del dinero, fue asesinado en Cali.
Un silencio pactado
Durante todo el proceso, la Policía y otras entidades conocían la verdad detrás del secuestro. Por eso no hubo operativos de rescate. Por eso los organismos de derechos humanos, que al inicio intercedieron, terminaron retirándose. Nadie quería tocar un polvorín que podía encender una guerra entre las facciones más poderosas del narcotráfico en Colombia.
Desde prisión, las voces de los capos aún resuenan. Lyan es libre, pero la sombra de su pasado lo persigue. Él, sin saberlo, heredó una historia tejida con sangre, traiciones y millones ocultos. Una historia que, aunque haya terminado con su regreso a casa, deja al descubierto las heridas abiertas del narcotráfico en el país.
Y lo más inquietante: la deuda aún no está saldada.





