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agosto 8, 2025Petro, Saade y la deriva autoritaria del resentimiento
El nombramiento de Alfredo Saade como jefe de gabinete del gobierno de Gustavo Petro es mucho más que una jugada política intrascendente: es la confirmación de una profunda incoherencia dentro del proyecto progresista que prometía ser una alternativa transformadora para Colombia.
Saade no representa el cambio ni la inclusión, tampoco el laicismo ni la ampliación de derechos. Su historial de declaraciones homofóbicas, su defensa del orden moral religioso y su visión autoritaria de la democracia están en las antípodas del discurso progresista. Sin embargo, ahí está: en una posición de poder, rodeando al presidente, tomando decisiones clave, y todo con el beneplácito —o la resignación— del petrismo más ferviente.
¿Cómo llegamos a esto?
La respuesta no está en la ideología, sino en la emoción que la sostiene: el resentimiento. El mismo que, con distintos trajes, ha impulsado a líderes tan dispares como Trump, Chávez o Milei. No es la idea de igualdad lo que moviliza, sino el deseo de revancha contra un sistema que ha marginado, traicionado o simplemente ignorado a muchos. En ese terreno, cualquier figura que prometa poder, lealtad o votos es bienvenida, incluso si contradice los valores fundacionales del movimiento.
Petro ha demostrado, una y otra vez, que sus alianzas están guiadas por la utilidad, no por la coherencia. Lo hizo en campaña, al acercarse a líderes religiosos ultraconservadores. Lo hace ahora, premiando a personajes cuyo discurso erosiona los pilares de la democracia liberal. ¿Dónde queda entonces la izquierda crítica, la que defiende los derechos civiles, la autonomía de los poderes y la diversidad? Silenciada o convertida en cómplice, atrapada en el miedo a criticar «al compañero en el poder».
Más que un error
Este no es simplemente un error de cálculo. Es una señal clara del rumbo que ha tomado este gobierno: menos ideología, más pragmatismo brutal; menos convicción, más fanatismo. Y cuando la política se rige por la lógica de «el fin justifica los medios», los principios terminan siendo desechables.
Hoy, quienes critican a Saade desde la izquierda no son traidores, sino demócratas. Y quienes lo justifican, no son progresistas, sino cortesanos del poder. No hay nada más peligroso para una democracia que un gobierno que se dice revolucionario pero actúa como reaccionario.
El problema no es sólo Saade. El problema es lo que revela su nombramiento: una política vaciada de contenido ético, dominada por el cálculo, el resentimiento y la necesidad de mantener la maquinaria encendida a cualquier precio.
Y esto apenas comienza.





