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Del púlpito al poder: Saade, el 'pastor' sin iglesia que predica desde el Gobierno
En Colombia, la política nunca ha sido ajena a la religión, pero el nombramiento de Alfredo Saade como jefe de gabinete del presidente Gustavo Petro representa un salto inquietante: el fanatismo religioso, la desinformación y el autoritarismo ahora tienen asiento oficial en la Casa de Nariño.
Saade no es pastor, aunque se autodenomina como tal. No pertenece a ninguna iglesia registrada, ni ha sido reconocido por comunidades cristianas relevantes. Es un personaje que ha hecho carrera política a punta de escándalos, frases estrambóticas y un activismo conservador que raya en el delirio: llamó “mentira” al covid-19, pidió cerrar el Congreso, acusó a los medios de ser “enemigos del pueblo” y asegura que Petro debe suspender X (antes Twitter) por seis meses.
A esto se le suma su historial camaleónico: pasó del uribismo al vargasllerismo y ahora milita al lado del petrismo, no por ideología, sino por oportunismo. Ha sabido trepar por los andamios del poder con una narrativa de salvación mesiánica que mezcla religión, populismo y desinformación.
Lo más alarmante no es su retórica apocalíptica, sino su influencia real en decisiones de Estado. Como jefe de gabinete, coordinará la Unidad de Cumplimiento, controlará autorizaciones de viajes oficiales y manejará la ejecución de políticas clave. Esto, en manos de alguien que niega la ciencia, desprecia la diversidad y demoniza a la prensa, es un riesgo institucional evidente.
La defensa del presidente es predecible: “en el Pacto Histórico caben todas las ideas y todas las creencias”. Pero aceptar a Saade no es pluralismo: es entregar las llaves de la democracia a un charlatán antiderechos, un predicador sin iglesia, un político que enarbola la Biblia para justificar el autoritarismo.
Su llegada coincide con los tambores de una constituyente. Saade no lo oculta: quiere refundar el país con una nueva Carta Política que seguramente refleje sus creencias, no los derechos universales. La amenaza no es él, es lo que representa: la institucionalización del fanatismo en un gobierno que se dice progresista.
Petro, que tanto ha hablado de dignidad, debería reconsiderar si entregarle el poder a Saade dignifica a su proyecto o lo condena a la caricatura. Porque cuando el pensamiento mágico entra al Palacio, la democracia tiembla.





