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Francia Márquez y Petro: una alianza construida sobre la vanidad y el cálculo
El actual enfrentamiento entre la vicepresidenta Francia Márquez y el presidente Gustavo Petro no es un simple roce entre dos figuras del poder: es la consecuencia inevitable de una relación construida sobre el cálculo político, la hipocresía ideológica y la instrumentalización simbólica. Hoy, lo que estamos viendo no es más que el colapso de una alianza forzada desde el inicio y sostenida por conveniencia, no por convicción.
Desde su postulación como fórmula vicepresidencial, Francia Márquez fue utilizada como un símbolo. Era una apuesta segura para asegurar votos afrocolombianos, sectores populares y progresistas que creyeron ver en ella la materialización de una promesa de cambio real. Pero esa promesa fue traicionada tan pronto comenzó el gobierno. La creación del Ministerio de la Igualdad —anunciado con bombos y platillos— terminó siendo un órgano vacío, sin resultados visibles y con una gestión que dejó más dudas que logros.
Hoy, cuando Márquez denuncia racismo y patriarcado dentro del mismo gobierno del que hace parte, resulta legítimo preguntarse: ¿por qué aguantó tanto tiempo? ¿Por qué no alzó la voz antes, cuando se la veía pasearse en helicópteros y dar declaraciones altisonantes? ¿Por qué eligió la comodidad institucional en lugar de renunciar con dignidad y denunciar desde la independencia?
El video que compartió Gustavo Petro en su cuenta de X, donde lanza una pulla directa a su vicepresidenta, es una muestra de desprecio, pero también de cálculo político: Petro sabe que Márquez ya no representa una amenaza, y por eso la señala, la expone y la ridiculiza. Ella, por su parte, parece más interesada en mantener la silla que en enfrentar con coraje el sistema que dice combatir.
Y en medio del fuego cruzado, queda claro que el proyecto de cambio del “gobierno del cambio” no era más que una fachada. Las banderas del feminismo, el antirracismo y la justicia social fueron usadas para embellecer un modelo de poder vertical, patriarcal, y sí, profundamente excluyente.
Francia Márquez se convirtió en una figura incómoda, no porque haya sido una voz disruptiva, sino porque fracasó en lo esencial: representar algo distinto. Y Petro, lejos de ser un aliado en su lucha, la ha minimizado públicamente, burlado su gestión y permitido que dentro de su gabinete se reproduzcan las mismas lógicas contra las que dice luchar.
El abogado Alí Bantú Ashanti lo resumió con crudeza: el discurso victimista está agotado. No porque no haya racismo —lo hay, y estructuralmente—, sino porque ese discurso, sin resultados, sin propuestas contundentes, se convierte en una excusa. La denuncia sin acción es solo ruido. Y Francia, más allá de su historia admirable, no ha logrado transformarse en una líder política eficaz.
Si la vicepresidenta quiere recuperar algo de credibilidad, debe hablar con franqueza. Si ha sido testigo de irregularidades, que las denuncie. Si ha sido maltratada, que no lo soporte más. Pero si va a continuar atada a su cargo mientras lanza declaraciones tímidas entre líneas, entonces está eligiendo la complicidad.
En este drama político, ni Petro es el traidor absoluto ni Márquez la víctima pura. Ambos sabían a lo que iban. Ambos fallaron. El uno por su cinismo, la otra por su ambición mal canalizada.
Y al final, como siempre, quienes pierden son los colombianos que creyeron, una vez más, que el cambio era posible.





