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Bastaron cuatro días de campaña hacia el balotaje del 21 de junio para que los hilos de la improvisación quedaran expuestos. El veredicto de las urnas el pasado 31 de mayo no solo dejó a Iván Cepeda en un incómodo segundo lugar, sino que desconfiguró por completo el mapa mental de una izquierda que se asumía imbatible. Hoy, la campaña oficialista no marcha; da tumbos. Entre cambios intempestivos de coordinadores regionales y discursos que chocan entre sí, el Pacto Histórico exhibe los síntomas inequívocos del desespero estratégico.
La primera gran falencia ha sido el refugio en la zona de confort: La calle. Ante el avance sorpresivo de Abelardo de la Espriella, la respuesta instintiva de la campaña de Cepeda ha sido movilizar a sus bases tradicionales. Pero las banderas y las marchas de los convencidos no suman un solo voto nuevo. En una segunda vuelta no se gana radicalizando al núcleo duro, sino seduciendo a los indecisos. Al llenar las plazas con la militancia más estridente, el comando de Cepeda logra el efecto contrario: Asustar al electorado moderado y de centro que hoy mira el panorama con comprensible cautela.
El verdadero lastre del candidato, sin embargo, duerme en la Casa de Nariño. Gustavo Petro, atrapado en su propio espejo histórico, ha decidido que esta elección se trata de él. Al encasillarse en denuncias sobre el preconteo y publicar hojas de cálculo en redes sociales, el presidente dinamita los puentes institucionales que Cepeda necesita tender con urgencia. El votante de Sergio Fajardo o del Nuevo Liberalismo no le huye necesariamente a Cepeda, pero sí le huye al caos y a la confrontación permanente. Cada trino radical del mandatario es un portazo en la cara al centro político.
Al Pacto Histórico le está costando la vida cambiar de narrativa porque su estructura conceptual fue diseñada para la resistencia, no para la continuidad. Llevan años perfeccionando el arte de ser oposición antiestablecimiento, pero hoy son Gobierno, y el desgaste de la gestión cotidiana no se puede tapar con la vieja épica del «cambio». Intentar forzar una narrativa de moderación mientras se mantiene la dependencia del discurso petrista es una paradoja insostenible.
A diecisiete días de la cita definitiva, el tiempo es el juez más estricto. Recomponer el timón en mitad del río rara vez funciona si los remeros no saben hacia dónde van. Si la campaña de Iván Cepeda no logra desmarcarse del libreto de la confrontación y estructurar una propuesta de estabilidad que capture la centralidad del país, el impulso de la derecha será irreversible. El desespero actual no es más que el amargo despertar de una campaña que se quedó sin ideas cuando más necesitaba la plasticidad de la política real.





