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El secuestro de Lyan José Hortúa Bonilla, ocurrido el pasado 3 de mayo en el municipio de Jamundí, ha dejado al descubierto una peligrosa red de intereses criminales, ajustes de cuentas y alianzas entre narcotraficantes de vieja data. Lo que parecía ser un crimen aislado terminó exponiendo el resurgimiento de una organización que amenaza con desatar una nueva guerra en el suroccidente colombiano: La Gran Alianza.
Una deuda que cobró a un inocente
Aunque inicialmente se atribuyó el hecho a las Disidencias de las Farc, fuentes cercanas al caso han revelado que el secuestro no estaba dirigido al menor, sino a su padrastro Jorsuar Suárez, pareja de Angie Bonilla, madre del niño. El motivo: una millonaria deuda relacionada con el narcotráfico.
Bonilla, conocida en el mundo criminal como “la Barbie Vanessa”, habría sido pareja de un reconocido narcotraficante del grupo Los Rastrojos, y se habría quedado con propiedades y dinero de capos extraditados, por un valor cercano a 37.000 millones de pesos. Tras negarse a devolver esos bienes, ella y su familia se convirtieron en blanco de represalias.
El nacimiento de La Gran Alianza
Detrás del secuestro estaría La Gran Alianza, una estructura criminal emergente conformada por antiguos jefes del narcotráfico del Valle del Cauca. Este grupo habría sido liderado por Juan Carlos Rivera, alias 06 o Gitano, junto a nombres temidos como alias Mueble Fino, alias La R, Pipe Tuluá, Comba y Alacrán Jr., entre otros.
La organización, según se ha podido establecer, no solo estaría cobrando deudas pendientes, sino también reorganizándose para retomar el poder narco en el norte y centro del departamento. El secuestro de Lyan sería una de las primeras acciones de este reacomodo violento.
Crímenes pasados, cuentas pendientes
Este no es el primer hecho violento ligado a esta red. En 2019, en la misma zona de Jamundí, fue asesinado Mauricio Guerrero, alias Muelas, presunto testaferro de la madre de Lyan. Su crimen fue producto de una negativa a entregar una flota de buses que, al parecer, pertenecían a narcos capturados. Detrás de su asesinato estuvieron miembros activos y retirados de la Policía, así como sicarios al servicio de la misma organización que ahora estaría detrás del caso Hortúa.
¿Quién dio la orden?
El operativo criminal habría sido ejecutado por sicarios de La Gran Alianza, quienes luego entregaron al niño a las Disidencias de las Farc, específicamente al Frente Jaime Martínez, con quien habrían pactado una alianza estratégica para ejecutar acciones conjuntas. Estas disidencias, con presencia armada en la región, proporcionarían respaldo logístico y militar a cambio de dinero y armamento.
Un nombre que resuena con fuerza en la estructura es el de Diego Rastrojo, antiguo jefe de Los Rastrojos, quien estaría detrás de la reconfiguración criminal en el sur del Valle y de las acciones para «recuperar lo que le pertenece».
El papel de las autoridades y el riesgo de impunidad
Fuentes con conocimiento del caso denuncian la infiltración de estructuras criminales en la institucionalidad. Aseguran que miembros de esta red tendrían influencia sobre fiscales, policías y funcionarios de alto nivel, lo que obstaculiza el avance de las investigaciones. A Angie Bonilla, madre del menor, le habrían advertido semanas antes del secuestro que entregara los bienes que le «no le correspondían», pero ella no accedió.
Una guerra anunciada
El secuestro de Lyan parece ser solo el comienzo. Todo apunta a que los antiguos capos del narcotráfico están retomando sus alianzas y sus territorios, ahora bajo una nueva bandera: La Gran Alianza. La región del Valle del Cauca —con epicentro en Zarzal, Tuluá, Cali y Jamundí— podría estar al borde de una nueva guerra entre carteles, alimentada por viejas rencillas y millonarios intereses.
En esta nueva estructura confluyen los herederos de figuras históricas del crimen como Iván Urdinola, Wilber Varela (alias Jabón) y Diego Rastrojo, quienes buscan consolidar su poder con la eliminación de rivales, el cobro de deudas, y el dominio de las rutas del narcotráfico.
Epílogo: un niño atrapado en una guerra que no pidió
Lyan José Hortúa es hoy símbolo de una tragedia que trasciende lo personal. Un niño que, sin deberlo, fue arrastrado al centro de una guerra entre mafias y silencios. Su historia deja en evidencia la debilidad del Estado, la violencia estructural y la impunidad que permite que redes criminales sigan operando con total impunidad.
¿Qué tan profunda es la red? ¿Cuántas otras familias están marcadas por estas estructuras? Y lo más urgente: ¿quién responderá por la vida de un niño secuestrado en medio de una guerra que nunca debió existir?





