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La débil convocatoria del paro del 28 y 29 de mayo revela el desgaste del petrismo, las fracturas internas del Pacto Histórico y una desconexión creciente entre el gobierno y “el pueblo” que dice representar.
El gobierno de Gustavo Petro ha basado gran parte de su narrativa en la idea de un pueblo movilizado, dispuesto a salir a las calles para defender las reformas estructurales prometidas en campaña. Sin embargo, lo que ocurrió los pasados 28 y 29 de mayo desmiente esa premisa y deja una radiografía preocupante: el petrismo ya no enciende las calles, y, lo que es más grave, empieza a perder legitimidad incluso entre sus bases tradicionales.
Lo que se anunció como una gran jornada de paro nacional, una suerte de “huelga generalizada” para reactivar el espíritu de las movilizaciones de 2019 y 2021, terminó convertido en una serie de manifestaciones de baja convocatoria, sin impacto nacional real, y con una clara desconexión entre el gobierno, los sindicatos y la ciudadanía. En Bogotá, epicentro natural de este tipo de movilizaciones, la Plaza de Bolívar lució semivacía. En otras ciudades, como Medellín, Barranquilla y Pasto, el panorama fue similar: marchas con pocos asistentes, compuestas casi exclusivamente por miembros de sindicatos tradicionales como Fecode y la CUT.
Lejos de galvanizar al electorado, el paro expuso la fragilidad de una estrategia basada en la movilización popular como instrumento de presión. La fórmula de Petro como “activista desde la presidencia” está mostrando signos claros de agotamiento. Si en 2022 el entonces candidato logró seducir a una ciudadanía cansada del statu quo con promesas de cambio y justicia social, hoy muchos de esos votantes —especialmente en las grandes ciudades— le exigen resultados y no arengas. Y la respuesta que recibieron fue una convocatoria fallida, bloqueos repudiados por los propios trabajadores, y un presidente que terminó desmarcándose del paro que él mismo había alentado.
Peor aún, el gobierno cayó en la contradicción. Primero respaldó la movilización con declaraciones, presencia de ministros y congresistas, y hasta chats filtrados que revelan la intención clara de orquestarla desde el poder. Después, frente a la evidente debilidad en la calle, optó por desentenderse, achacando la responsabilidad exclusivamente a las centrales obreras y organizaciones sociales. Una jugada que, lejos de aclarar, solo deterioró la credibilidad del Ejecutivo.
Para los analistas políticos, como Enrique Serrano y Juan Carlos Gómez Benavides, este paro ha sido más que una movilización: fue una medición del termómetro electoral de cara a las presidenciales de 2026. Y la fiebre está baja. La izquierda, fragmentada y carente de una figura cohesionadora más allá de Petro, no logra movilizar más allá de su 30% o 35% de base fiel. En cambio, el centro político y sectores independientes, que fueron clave en el estallido social de años anteriores, hoy están más preocupados por la economía del día a día que por sumarse a consignas ideológicas.
¿Será esto un anuncio anticipado del declive electoral del petrismo? Puede que no aún, pero es claro que el margen de maniobra para ampliar su base electoral se está reduciendo. La ciudadanía está cansada de promesas incumplidas, discursos confrontacionales y una gestión que no despega. Y los partidos políticos lo saben. Difícilmente alguien querrá aliarse con un proyecto que no logra llenar ni una plaza.
El fracaso del paro no es solo simbólico. Es un aviso. Si el gobierno insiste en recurrir a la movilización como única estrategia para contrarrestar el bloqueo legislativo, sin antes recomponer su coalición, mostrar resultados y reconectar con las preocupaciones reales de los colombianos, se arriesga a que el 2026 no sea una continuación, sino el cierre de su ciclo.





