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El Gobierno enfrenta una semana negra con imputaciones a exministros, sanciones del CNE y denuncias de nexos con las Farc. Los escándalos son la factura de un presidente que creyó que podía pactar con la corrupción sin ser consumido por ella.
La sucesión de escándalos que ha golpeado al primer círculo del presidente Gustavo Petro ha dejado de ser una casualidad para convertirse en la confirmación de una tesis central: el líder que prometió sepultar las mafias políticas se apoyó en prácticas corruptas para llegar al poder y las siguió usando para gobernar, bajo la excusa de impulsar la «revolución social».
La última semana fue una implosión de ética en el Ejecutivo, marcada por la imputación de dos exministros por el desfalco en la UNGRD, la sanción del CNE por violación de topes electorales, y la explosiva denuncia de Caracol TV sobre apoyo logístico de las disidencias de las Farc a la campaña.
El resultado, según analistas, es que Petro ha terminado convertido en rehén de quienes explotan su paranoia y su ego, enriqueciéndose a costa del erario sin lograr las transformaciones prometidas.
El Pacto con el Diablo: «Lo voy a hacer a la antigüita»
La directora de Foro por Colombia, Marcela Restrepo Hung, afirma que el país se creyó el cuento de que Petro era la alternativa. Sin embargo, el presidente optó por la vía histórica:
“Petro, en la práctica, nos lo dijo desde el principio: voy a hacer un pacto y lo voy a hacer a la antigüita. Y la antigüita es con corrupción y abuso del poder. Lo que estamos viendo es una materialización grotesca de esto.”
En efecto, el exdenunciante de las mafias terminó aliado con clanes cuestionados en la Costa Atlántica (Torres, Calle, Montes) a través de intermediarios como Roy Barreras y Armando Benedetti. La motivación era clara: Petro estaba convencido de que sin esas alianzas clientelistas, simplemente no ganaba.
💸 Clientelismo por Reformas: El Desfalco de la UNGRD
Ya en el Gobierno, el pragmatismo se institucionalizó. Los escándalos en la UNGRD son el ejemplo más claro de la corrupción como moneda de cambio: la Fiscalía imputará a los exministros Ricardo Bonilla y Luis Fernando Velasco por desviar recursos destinados a comunidades indígenas (agua para La Guajira) hacia contratistas y congresistas que el Gobierno necesitaba para aprobar la reforma pensional y de salud.
Altos funcionarios, como el exministro Luis Carlos Reyes, describen este comportamiento como un «pragmatismo» que justifica los medios: «si todo el mundo lo ha hecho así, cómo la revolución va a ser más papista que el papa.»
La Paranoia y la Infiltración en la Inteligencia
La última capa de crisis llegó con las revelaciones de nexos con armados. Según la prensa, el pacto en campaña incluyó apoyo logístico de las disidencias de las Farc para movilizar votantes.
Una vez en el poder, Petro nombró a figuras con nexos cuestionables en el círculo de inteligencia más íntimo, como el director de Inteligencia Estratégica del DNI, Wilmar Mejía, y al jefe de personal del Ejército, el general Huertas. La explicación de las fuentes es la debilidad más grande del presidente: su paranoia.
«Petro sigue siendo un comandante del M-19: desconfía de todo el mundo. […] Este caso es un papayazo que da por su paranoia.»
Su desconfianza en los canales institucionales y su desprecio por la tecnocracia lo llevaron a nombrar personas sin conocimiento, como Carlos Ramón González para dirigir organismos de inteligencia, basándose únicamente en la lealtad personal o la capacidad de suministrar información contra supuestos enemigos internos.
El Sacrificio Carcomido
El costo final de esta estrategia es devastador. Como afirma un funcionario anónimo: «Él tomó la decisión de ganar, de abrirle a la izquierda la puerta a ser poder; se sacrificó a sí mismo haciendo un pacto con el diablo que terminó carcomiéndolo.»
Al justificar el clientelismo y la corrupción en nombre de transformaciones que aún no se materializan, Petro no solo profundiza la desilusión, sino que le da a sus enemigos la herramienta perfecta: graduarlo de igual a los demás. El presidente que iba a ser la cura terminó mostrando ser una profundización de los males históricos de la política colombiana.





