
Cepeda a primera vuelta: ‘No nos derrotaron en las urnas, así que apelan a las trampas’
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Lo que estamos presenciando en la centroizquierda colombiana no es una estrategia de «ajedrez político», como algunos pretenden venderlo; es una demolición controlada por el ego. El llamado ‘Frente por la Vida’, que nació con la ambición de ser el refugio de la unidad y el progreso, hoy se parece más a una tragedia de Shakespeare donde los protagonistas prefieren hundir el barco antes que permitir que otro tome el timón.
La salida de Iván Cepeda, provocada por una cuestionada decisión administrativa, fue el primer síntoma de un cáncer institucional. Sin embargo, la reacción de sus «aliados» fue lo que terminó de inyectar el veneno. Juan Fernando Cristo, con la pragmática frialdad que lo caracteriza, decidió saltar por la borda bajo el argumento de que una consulta de centroizquierda sin la izquierda es una «paradoja». Y tiene razón, pero su salida no suena a solidaridad, sino a una excusa perfecta para evitar medirse en las urnas y apostarle al azar de la primera vuelta.
Pero si la retirada de Cristo fue un golpe táctico, el enfrentamiento entre Roy Barreras y Camilo Romero fue un suicidio mediático. Ver a dos figuras de ese calibre sacándose los trapos al sol frente a las cámaras, con Romero sentenciando un «Usted no me representa», es la imagen gráfica de la fragmentación. Es la prueba de que en esa coalición no hay un proyecto país, sino una sumatoria de intereses individuales. ¿Cómo pretenden convencer al ciudadano de a pie de que pueden gobernar un país polarizado si no son capaces de sentarse en una mesa sin insultarse?
La ironía es punzante: este sector, que llegó al poder criticando «la maquinaria» y los «viejos vicios», está cayendo en el pecado más antiguo de la política colombiana: el caudillismo estéril. Mientras la derecha observa desde la barrera, aceitando sus propias alianzas con la disciplina de quien sabe que el poder se gana con sumas y no con restas, el progresismo se dedica a la autofagia.
El «Frente por la Vida» ha muerto antes de nacer. No lo mató la oposición, lo mató la incapacidad de sus líderes para entender que la política es el arte de ceder para construir. Hoy, lo que queda es un sálvese quien pueda, una diáspora de candidatos que irán a la primera vuelta con las banderas rotas y la confianza del electorado por el suelo. Si el objetivo era «cambiar la historia», por ahora solo están logrando repetirla de la manera más vergonzosa.





