
500 millones tras rejas: Cabecillas de bandas se dan un fiestón vallenato en Itagüí
abril 10, 2026Clientela "Anti-establishment": El origen del capital que impulsa la campaña de De la Espriella.
En la arena política colombiana, la coherencia suele ser la primera víctima de las campañas electorales. Sin embargo, el caso de Abelardo de la Espriella —hoy puntero en las encuestas presidenciales junto a Iván Cepeda— trasciende la simple contradicción para instalarse en una ironía casi cinematográfica. El penalista de Montería, que hoy promete «mano dura» contra la criminalidad y la erradicación de los corruptos, parece haber olvidado que el combustible que impulsó su vertiginoso ascenso económico y mediático provino, precisamente, de las arcas de aquellos que hoy dice combatir.
La reciente investigación de la revista Cambio no solo desempolva expedientes; pone frente al espejo el origen de una fortuna cimentada en la defensa técnica de los rostros más oscuros de nuestra historia reciente. Es el derecho a la defensa, dirán algunos, y es cierto. Pero en política, el origen del capital —tanto económico como simbólico— es un mensaje en sí mismo.
El motor de una fortuna
La trayectoria de «El Tigre» no se entiende sin sus clientes. Desde 2006, su firma jurídica se convirtió en el refugio de personajes que desafiaron la institucionalidad:
La era de la Pirámide: En 2008, puso su elocuencia al servicio de David Murcia Guzmán, el cerebro detrás de DMG, cuya caída dejó un rastro de ruina en miles de familias colombianas.
La sombra de la Parapolítica: Defendió a excongresistas como Dieb Maloof, Rocío Arias y Eleonora Pineda, figuras condenadas por sus vínculos con grupos paramilitares en una de las épocas más sangrientas del país.
El Carrusel y la Toga: Representó a los primos Nule, protagonistas del saqueo a Bogotá, y más recientemente a su amigo, el exmagistrado Jorge Pretelt, condenado por pedir sobornos a cambio de fallos judiciales.
Mención aparte merece el caso de Alex Saab. La investigación revela que, en los años en que De la Espriella defendió al hoy ficha clave del régimen de Maduro, los ingresos de su oficina se triplicaron. ¿Es éticamente sostenible que quien financió su imperio defendiendo presuntos lavadores de activos sea hoy quien enarbole la bandera de la transparencia?
Del estrado al micrófono (y a la tarima)
De la Espriella logró algo inédito en el derecho penal colombiano: convertir el litigio en un espectáculo de entretenimiento. Su estilo «temerario y extravagante», como bien lo describe la nota de Cambio, le permitió amasar la relevancia suficiente para colgar la toga y probar suerte en el canto, los negocios y, finalmente, la política de masas.
El problema no es que un abogado sea exitoso defendiendo a culpables; ese es, al fin y al cabo, su oficio. El dilema surge cuando ese mismo abogado pretende presentarse ante el electorado como el «vengador» de una sociedad herida por la corrupción. Colombia se enfrenta a una elección donde la memoria será el filtro definitivo.
¿Estamos ante un líder que conoce los bajos mundos para reformarlos, o ante un prestidigitador que busca el poder absoluto para proteger el sistema que lo hizo rico? Por ahora, los mismos «corruptos e impunes» que él promete erradicar son quienes, irónicamente, pusieron los ladrillos de su palacio.





