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La puesta en escena de Abelardo de la Espriella es impecable. Con una estética que mezcla el lujo, la firmeza institucional y un lenguaje que busca canalizar la rabia ciudadana, el abogado ha logrado instalar la idea de que su candidatura es una ruptura definitiva con el pasado. Se autodenomina el capitán de los “nunca”, un ejército de ciudadanos que, según él, jamás han contaminado sus manos con el erario. Sin embargo, al examinar la tripulación de su barco, la épica del «outsider» empieza a desmoronarse bajo el peso de los apellidos, las curules y las chequeras de siempre.
El respaldo de las «Casas» y los Clanes
La independencia en Colombia suele ser un lujo que solo se permiten quienes ya tienen las estructuras amarradas. De la Espriella dice despreciar la «politiquería», pero su avance en el Caribe —el botín electoral más codiciado— depende directamente de figuras como Mauricio Gómez Amín. El senador liberal no es un recién llegado; es un hombre formado en las entrañas del sistema, con el respaldo del clan Char y una trayectoria que desmiente cualquier narrativa de «pureza» estatal.
A esto se suma el apoyo de Fico Gutiérrez y su movimiento Creemos. En Medellín, la campaña de De la Espriella no es un movimiento de ciudadanos espontáneos, sino una operación coordinada por el poder local vigente. Si la maquinaria de un alcalde en ejercicio y la bendición de un patriarca como Fuad Char son los pilares de la «nueva política», entonces la palabra «renovación» ha perdido su significado.
El «Duquismo» en el exilio (y en la oficina)
Quizás el punto más irónico de la campaña de los «nunca» es su dependencia del gobierno de Iván Duque. Mientras De la Espriella critica la burocracia y el manejo del Estado, su equipo de confianza es, prácticamente, un gabinete a la sombra del cuatrienio anterior:
José Manuel Restrepo, su fórmula vicepresidencial, fue el encargado de manejar la economía del país.
Andrés Barreto, cofundador de su movimiento «Defensores de la Patria», fue Superintendente de Industria y Comercio.
Ernesto Lucena y Wilson Ruiz, exministros de Deporte y Justicia respectivamente, son hoy sus principales activos programáticos.
¿Cómo convencer al país de que se es un agente de cambio cuando los arquitectos de su propuesta son los mismos que acaban de dejar las llaves del Palacio de Nariño?
La estrategia de la «amnesia selectiva»
El candidato juega a una amnesia selectiva necesaria. Recibe con los brazos abiertos a figuras como Rodrigo Lara Restrepo, quien pasó de proponer leyes para vigilar a abogados como De la Espriella a ser su puente con el sector empresarial. Acepta el apoyo de Iván Díaz Mateus, un nombre asociado a uno de los escándalos de corrupción judicial más grandes de la historia reciente, y de congresistas «quemados» que buscan en su figura una tabla de salvación para no desaparecer del mapa político en 2026.
El veredicto de las urnas
La apuesta de De la Espriella es arriesgada. Confía en que su carisma y su presencia mediática sean lo suficientemente potentes como para invisibilizar a los actores que lo rodean. Busca que el elector vea al león, pero no a la manada de políticos tradicionales que lo empujan por detrás.
El problema es que en política, los apoyos nunca son gratuitos. Los «siempre» —los Char, los García, los exministros y los senadores de carrera— no están ahí por convicción ideológica de ruptura, sino porque ven en el abogado el vehículo más eficiente para mantener su propia vigencia. Al final, la pregunta para el votante será sencilla: ¿Es De la Espriella quien está usando a los políticos de siempre, o son ellos quienes han encontrado en él su mejor disfraz?





