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En Colombia, cuando el río suena, piedras trae; pero cuando los aviones casi se estrellan en las pistas de El Dorado, lo que trae es un estruendo de alarmas que la retórica oficial ya no puede silenciar. El cielo sobre Bogotá ya no solo está cargado de nubes y congestión; ahora lo sobrevuelan sospechas que aterrizan directamente en los despachos de la Aeronáutica Civil. La entidad, que debería ser el templo de la precisión técnica, parece estarse transformando en un tablero de ajedrez político donde las piezas se mueven al ritmo de intereses ajenos a la aviación.
El «Fantasma» de Euclides Torres y el chat de la discordia
El nombre de Euclides Torres —el polémico barón de la contratación y presunto financista en la sombra de la campaña presidencial— vuelve a aparecer en el radar. Aunque Torres insiste en que no tiene «intereses» en la entidad, su sombra es alargada. No es coincidencia que la salida del jefe jurídico, Farid Stemberg Parra, ocurriera tras denunciar presiones indebidas para favorecer a ciertas firmas.
El «explosivo chat» de Parra no fue una simple pataleta de oficina; fue el grito de un funcionario que se negó a que la ética profesional fuera atropellada por la «urgencia» de asignar millonarias pólizas de seguros que superan los 22 mil millones de pesos. Mientras el Ejecutivo defiende la inocencia de los Torres, los hechos muestran una entidad donde las decisiones parecen tomarse más en los pasillos políticos que en los comités técnicos.
El polvorín de los 1.179 contratos
Mientras los sindicatos claman por personal idóneo, la Aerocivil ha mostrado una agilidad asombrosa para la burocracia. En lo que va de 2026, la entidad ha firmado 1.179 contratos. ¿La prioridad? Llenar la planta con «perfiles diversos» —un eufemismo para la burocracia amiga—. ¿La realidad? Faltan 400 controladores aéreos. Operar con 800 técnicos cuando el estándar de seguridad exige 1.200 no es un error de cálculo; es un sistema exhausto y desbordado. Los incidentes de abril (Lufthansa y Qatar a solo 200 metros) y los cruces de helicópteros militares de la FAC no son «fallas técnicas» aisladas. Son los síntomas de una entidad que parece más preocupada por cumplir con su Plan Anual de Adquisiciones y gestionar renuncias incómodas que por garantizar que dos aviones no coincidan en el mismo pedazo de asfalto.
¿Seguridad o Ideología?
La respuesta de la Aerocivil ante el caos es aún más preocupante: tilda las críticas como «presiones de la derecha». Ideologizar la seguridad aérea es un error fatal. A un piloto no le importa la afiliación política de quien está en la torre; le importa que sea un experto y no una ficha puesta por recomendación de un contratista influyente.
Manejar la aviación como una oficina de cuotas es jugar con fuego. La falta de inversión en aeropuertos clave como el de Palmira, la insistencia en mantener operaciones militares (CATAM) en medio del tráfico civil y la opacidad en el manejo de un presupuesto de 3 billones de pesos, configuran la «tormenta perfecta».
Aterrizaje de emergencia
El radar de la opinión pública ya no apunta a los aviones, sino a quienes manejan los hilos de la entidad. Si la Aerocivil sigue minimizando las denuncias de corrupción como «mentiras de la prensa», terminará estrellándose contra su propia burocracia. El país no puede permitirse esperar a que el próximo incidente deje de ser una anécdota de radar para convertirse en una tragedia nacional. Colombia necesita menos chats explosivos y más controladores; menos sombras de clanes políticos y mucha más transparencia.





