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En Colombia, las grandes transformaciones políticas a menudo no se dan a través de debates abiertos y masivos, sino a través de pequeños «articulitos» que se deslizan casi en silencio por el Congreso. Hoy, en plena antesala de las elecciones de 2026, el país presencia un caso emblemático: la reforma al transfuguismo, que avanza a toda velocidad y en discreción para asegurar el futuro electoral del petrismo.
El transfuguismo, disfrazado de «reestructuración política», permitiría a congresistas cambiar de partido sin renunciar con un año de antelación y sin las consecuencias jurídicas tradicionales. Además, tras el último ajuste en el Congreso, las investigaciones por doble militancia ya no pasarían por el Consejo de Estado, sino que quedarán en manos de los propios partidos, aumentando el margen de maniobra para quienes hoy buscan sobrevivir políticamente.
Es evidente que el gran beneficiado de esta reforma sería el Pacto Histórico. En 2022, gracias a la lista única y al impulso de Gustavo Petro, lograron una bancada robusta. Sin embargo, para 2026, las reglas constitucionales les impiden repetir esa jugada como coalición. Intentaron convertirse en un partido único, pero los procesos abiertos ante el Consejo Nacional Electoral han trabado esa posibilidad. El transfuguismo aparece entonces como la tabla de salvación: con esta reforma, los congresistas atrapados en partidos como Mais podrían cambiar de tolda sin riesgos jurídicos y así garantizar listas fuertes y unificadas.
Algunos congresistas, como John Jairo Roldán, han advertido del evidente conflicto de intereses en aprobar una ley que podría beneficiar directamente a quienes la votan. Pero el «ambiente favorable» para la reforma es claro: más de uno ve en el transfuguismo la oportunidad perfecta para reacomodar fuerzas y llegar fortalecido a la próxima contienda electoral.
En un país que necesita urgentemente partidos fuertes, coherentes y responsables, el transfuguismo solo traerá más fragmentación, más intereses personales sobre los colectivos y un debilitamiento profundo de las estructuras políticas. Es un retroceso en la construcción de una democracia sólida.
El debate de este lunes en el Senado será clave. Si la reforma pasa, como muchos anticipan, lo más probable es que la Cámara la termine de blindar. Y entonces, en diciembre de este año, veremos cómo la política colombiana, una vez más, se reconfigura a punta de jugadas de última hora y de «articulitos» que cambian todo, pero a espaldas de la ciudadanía.
La pregunta es: ¿cuántas veces más estaremos dispuestos a pagar el costo de una política diseñada para los políticos y no para el país?





