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febrero 2, 2026El uribismo entra en modo disciplina: Uribe impone unidad y estrategia electoral
Álvaro Uribe volvió a hacer lo que mejor sabe cuando su partido entra en turbulencia: ejercer el mando. Ante la crisis desatada por el pulso interno entre Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, el expresidente optó por una estrategia conocida pero no por ello menos compleja: imponer unidad, blindar a su candidata y mover al Centro Democrático hacia una zona de mayor moderación, aun a riesgo de perder a su ala más radical.
La instrucción fue directa y sin matices: el Centro Democrático no puede mostrar fisuras. En un escenario electoral donde la derecha llega fragmentada, cualquier señal de división se traduce en votos que se evaporan hacia otras orillas. Uribe entiende que la cohesión, más que un valor simbólico, es hoy el principal activo político de su colectividad.
La candidatura de Paloma Valencia, definida tras un proceso interno que dejó heridas abiertas, obligó al jefe natural del uribismo a intervenir con rapidez. El ruido generado por María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie —con su intento de explorar una escisión formal— encendió las alarmas. No se trataba solo de un desacuerdo personal, sino de la posibilidad real de que el partido perdiera control sobre su relato y, peor aún, sobre su electorado más fiel.
Uribe decidió entonces rodear a Valencia. No solo como candidata, sino como símbolo de una nueva etapa: menos incendiaria en el discurso, más técnica en la forma y con un tono que busca atraer al votante de centro-derecha cansado de la polarización extrema. La apuesta es clara: si Cabal encarna el uribismo duro, Valencia debe representar un uribismo que aspira a gobernar de nuevo.
En ese cálculo, la eventual salida —o marginalización— del sector más radical no es vista como una derrota, sino como una oportunidad. Al despejar el flanco derecho, el partido intenta reposicionar a su candidata lejos de los extremos, replicando una fórmula ya probada. Así llegó Iván Duque al poder en 2018; así, paradójicamente, llegó también Gustavo Petro en 2022, cuando se vistió de centro-izquierda para ampliar su base electoral.
El problema es que esta jugada no está exenta de riesgos. Cabal no ha roto formalmente con Valencia y su cercanía con figuras como Abelardo de la Espriella mantiene vivo un foco de tensión dentro y fuera del partido. Además, en la llamada Gran Consulta por Colombia, la derecha no logra una postura unificada frente a posibles alianzas, lo que evidencia que la fragmentación no es solo un problema del Centro Democrático, sino de toda la oposición.
Uribe lo sabe. Por eso su mensaje va más allá del partido: primero orden interno, luego coaliciones. Sin disciplina, no hay consulta viable; sin consulta, no hay opción real de disputar el poder en 2026.
En el fondo, lo que está en juego no es solo una candidatura, sino el legado del propio Uribe. El expresidente parece decidido a demostrar que aún puede contener las rebeldías, moldear el discurso y definir el rumbo estratégico del uribismo. La pregunta abierta es si esa autoridad, efectiva hacia adentro, será suficiente para convencer a un electorado que hoy mira con desconfianza a los extremos y exige algo más que unidad: una propuesta creíble de futuro.
La partida ya comenzó. Uribe movió ficha. Ahora falta saber si el tablero responde.





