
Petro reinterpreta la justicia: entre el fallo y la ficción política
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El anuncio del presidente Gustavo Petro de acompañar las movilizaciones del próximo 11 de junio en Cali ha encendido las alarmas —y no precisamente por su capacidad de convocatoria, sino por lo que revela: un intento por reconectar con un capital político que se le escapa de las manos.
Cali, símbolo de la resistencia popular durante el estallido social de 2021, fue clave en el ascenso de Petro al poder. Desde sus comunas, el mensaje del cambio caló hondo. Sin embargo, ese mismo pueblo que marchó con convicción ahora observa con escepticismo, frustrado por promesas incumplidas, problemas de seguridad crecientes y una gobernabilidad cada vez más frágil.
Aunque el mandatario busca enviar un mensaje simbólico al regresar al epicentro de las luchas sociales, lo cierto es que la respuesta ciudadana no parece augurar una movilización masiva. No porque Cali haya olvidado su espíritu crítico, sino porque la ciudadanía está agotada. Agotada de marchas sin resultados, de discursos sin soluciones, de liderazgos que polarizan más de lo que construyen.
Y aunque Petro tratará de imprimir fuerza a su presencia, su reacción ante las críticas del rector de la Universidad Icesi —una carcajada en redes— no solo fue poco presidencial, sino una muestra de desconexión emocional con el electorado que alguna vez lo defendió con vehemencia.
La ciudadanía caleña quiere certezas, no épica. Quiere instituciones fuertes, no confrontadas. Quiere soluciones a problemas urgentes como el desempleo, la inseguridad y el abandono institucional. Repetir la narrativa del “pueblo movilizado” sin ofrecer cambios tangibles puede resultar contraproducente para un Gobierno que cada vez enfrenta más resistencia interna, incluso en sus antiguos bastiones.
Petro llega a Cali en un momento crucial. Pero no como líder incuestionable de un movimiento transformador, sino como un presidente que busca desesperadamente reanimar su base. Si no escucha, si no rectifica, si no concreta, su visita podría ser el símbolo más claro de lo que ya muchos sienten: que el capital político del pasado ya no alcanza para sostener el presente.





