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Hay que reconocerle a Iván Cepeda el gusto por las palabras grandes. «Desobediencia civil» suena a Gandhi, suena a Thoreau, suena a alguien dispuesto a perderlo todo por un principio. Lo que no suena tan bien es la letra pequeña: la desobediencia se la va a ejercer desde una curul en el Senado, con camioneta blindada, escoltas de la UNP y oficina en el Capitolio, todo pagado por el mismo Estado cuya autoridad dice no reconocer.
Empecemos por lo obvio. Cepeda no cree que la elección del 21 de junio haya sido limpia, pero sí se sentó, sin ningún drama, a recibir la curul que esa misma elección le dio. No puede ser. O el proceso sirve o no sirve; no se vale impugnarlo cuando se pierde la Presidencia y aceptarlo cuando toca el Senado. Su salida fue una frase que suena más a chiste que a argumento: que si De la Espriella devuelve su credencial, él devuelve la suya. Nadie le pidió ese trueque, y de todas formas no arregla nada.
Después está el asunto del momento. La desobediencia civil, la de verdad, responde a algo: una ley injusta, un decreto abusivo, una orden que pisotea derechos. Cepeda la anunció antes de que el nuevo gobierno firmara un solo papel. Eso ya no es resistencia a un abuso de poder; es una rabieta anticipada por haber perdido. No está en desacuerdo con lo que De la Espriella ha hecho —porque todavía no ha hecho nada—, está en desacuerdo con que haya ganado.
Y ya que hablamos de coherencia: durante cuatro años el petrismo exigió respeto absoluto por las urnas y por la institucionalidad. Ese mismo estándar, aplicado hoy, obligaría a Cepeda a tragarse el resultado sin chistar. Pero no: la regla, al parecer, es paciencia cuando se gana y pataleta cuando se pierde.
Resistir al Estado desde adentro del Estado
Aquí está lo más incómodo de todo. La desobediencia civil clásica —la que inventó Thoreau— exige un costo. Uno renuncia a algo, arriesga algo, se juega el pellejo por lo que dice creer. Cepeda va a ejercer la suya sin renunciar a nada: sueldo, chofer, escoltas, oficina, todo con plata de los impuestos, incluidos los de quienes votaron por el presidente al que está desconociendo. Cuando la resistencia viene con nómina fija, deja de ser resistencia y empieza a ser otra cosa: comodidad con discurso de barricada.
El «Gabinete por la Vida» tiene el mismo problema, aunque disfrazado. La idea de armar un equipo técnico que le haga seguimiento ministerio por ministerio al nuevo gobierno no es mala; hasta suena razonable, calcada del modelo inglés. El detalle incómodo es quién lo integra: los mismos funcionarios que hasta hace unas semanas manejaban el Estado, ahora reciclados como «oposición» con toda la información y los contactos que dejó el poder saliente. Eso no es un contrapeso independiente. Es la rosca de siempre, con otro nombre.
Una oposición que no manda ni en su propia casa
Y encima, a Cepeda le falta lo que sí tenía Petro: carisma, capacidad de llenar una plaza, un relato que enganche. Su mensaje se la pasa yendo y viniendo entre lo radical —no reconozco la legitimidad, no voy a la posesión— y lo moderado —eso sí, todo pacífico, eso sí, acepto la credencial. Esa indecisión no proyecta firmeza, proyecta que ni él mismo sabe bien qué está haciendo.
Ni siquiera su propia bancada está convencida del cuento de la desobediencia civil, y la estrategia completa huele más a Petro que a Cepeda. Una oposición que no controla su relato, que no tiene a su gente unida detrás y que sigue funcionando a la sombra de un expresidente, no es una alternativa: es una imitación con menos público.
La oposición hace falta, y Cepeda tiene todo el derecho de ejercerla. Pero si quiere que alguien la tome en serio, tiene que ser coherente. Por ahora, entre la curul que sí aceptó, el sueldo que sí cobra y la desobediencia que anunció antes de que hubiera algo que desobedecer, lo que hay no es resistencia. Es una pose.





