
Pasaportes en ruinas, Cancillería en llamas
julio 6, 2025
Petro limpia la cúpula: Generales y coroneles salen en masa de la Policía
julio 21, 2025- #AbelardoDeLaEspriella
- #ÁlvaroUribe
- #CentroDemocrático
- #ColombiaDecide
- #ColumnaDeOpinión
- #CrisisInstitucional
- #DebateConstitucional
- #DemocraciaColombiana
- #Elecciones2026
- #FalloJudicial
- #JusticiaYPolítica
- #ManipulaciónDeTestigos
- #OpiniónPolítica
- #PetroVsUribe
- #polarizaciónpolítica
- #ReelecciónCamuflada
- #TomásUribe
- #Uribe2026
- #Uribismo
- #Vicepresidencia
Uribe vicepresidente: la propuesta que sacude el debate político y constitucional
La política colombiana no descansa. En medio de la recta final del juicio contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez por presunta manipulación de testigos, el país se ha visto sacudido por una propuesta tan sorpresiva como polémica: postularlo como fórmula vicepresidencial en las elecciones de 2026. La idea, relanzada por su hijo Tomás Uribe y respaldada por voces como la de Abelardo de la Espriella, ha puesto a girar nuevamente la rueda del uribismo, pero también ha encendido alarmas en el campo jurídico y político.
Una propuesta que tensiona a la justicia
El primer elemento que no se puede pasar por alto es el contexto judicial en el que surge esta propuesta. El fallo contra el expresidente se conocerá el 28 de julio. Condicionar la candidatura a un resultado absolutorio —como lo planteó Tomás Uribe— no solo le añade una presión política evidente al sistema judicial, sino que presenta al expresidente como víctima de una supuesta persecución judicial orquestada desde el petrismo y el santismo.
El argumento es claro: “quieren sacarlo del camino antes de 2026”. Con ello, no solo se eleva el tono del discurso, sino que se politiza un proceso penal que debe resolverse en derecho, no bajo el ruido de la campaña.
El debate constitucional: zona gris o trampa legal
Desde el punto de vista jurídico, la discusión es compleja. La Constitución prohíbe expresamente la reelección presidencial, y aunque no menciona de forma directa la figura del vicepresidente en este caso particular, es claro que el vicepresidente está llamado a reemplazar al presidente en caso de faltas temporales o absolutas. ¿Cómo puede entonces alguien que ya fue presidente ejercer una vicepresidencia que podría llevarlo a la Casa de Nariño de nuevo?
El exconstituyente Gustavo Zafra lo ha dicho con claridad: esto sería una “reelección camuflada”. Y no le falta razón. Para muchos juristas, permitir que Uribe sea vicepresidente violaría el espíritu de la Constitución, aunque formalmente pueda argumentarse que hay un vacío normativo. No se trata solo de literalidad, sino de respeto al equilibrio institucional.
Más simbólica que viable
Incluso si fuera jurídicamente posible, la propuesta parece tener más fuerza como símbolo que como opción real. El Centro Democrático no ha oficializado esta estrategia, y varios de sus líderes, como el senador Carlos Meisel, han afirmado que no es un tema discutido al interior del partido. Sin embargo, tampoco se han desmarcado.
¿Y por qué no lo hacen? Porque saben que Uribe aún conserva un núcleo duro de apoyo, que si bien no alcanza las cifras de sus años dorados, sigue siendo significativo en un escenario fragmentado como el actual. Su nombre, aún fuera del tarjetón, tiene peso. Su sola mención sirve para reactivar las emociones de un electorado desmotivado y dividir el tablero entre “ellos” y “nosotros”.
Estrategia de polarización
La propuesta parece más una estrategia de movilización política que una aspiración genuina. Ante la debilidad de las figuras actuales del uribismo —Miguel Uribe, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, entre otros—, el nombre del expresidente funciona como una especie de recurso último para mantener unido al bloque y avivar la polarización frente al petrismo.
Como bien lo apunta el profesor Ángel Tuirán, la idea puede servir para posicionar al uribismo en la campaña, aun si Uribe no termina siendo candidato. Su mención genera ruido, polariza el debate y pone en aprietos a la izquierda y a los sectores independientes. Todo esto sin comprometer al expresidente, quien puede bajarse de la contienda a último minuto, no sin antes haber dejado sembrado el terreno para los suyos.
¿Renovación o repetición?
Esta discusión, más allá de sus implicaciones jurídicas, revela una verdad incómoda: la incapacidad del sistema político colombiano para renovarse. En lugar de buscar nuevas voces, nuevas ideas, o incluso nuevas formas de entender el ejercicio del poder, seguimos girando en torno a las mismas figuras, a los mismos antagonismos, a las mismas batallas del pasado.
Colombia necesita pasar la página. Y eso no se logra con “jugaditas” constitucionales ni con estrategias de victimización. Si el uribismo quiere seguir vigente, tendrá que dejar de depender de la sombra de su fundador y apostarle a un relevo real, con propuestas que respondan a las urgencias de hoy y no a las heridas de ayer.





