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julio 1, 2025De embajador a operador en la sombra: el rol invisible de Jorge Leyva en la diplomacia colombiana
En Colombia, donde la política se vive más como herencia que como mérito, la historia de Jorge Leyva parece escrita con tinta invisible por las manos de su padre. No es el primero ni será el último “delfín” que ha hecho carrera en los pasillos del poder, no por lo que ha construido, sino por el apellido que porta.
Jorge Leyva no es solo el hijo de Álvaro Leyva, excanciller y veterano político conservador; es, ante todo, el símbolo de una élite política que se resiste a dejar de heredarse a sí misma los cargos, las embajadas, los privilegios y hasta los pasaportes diplomáticos. Mientras el país discute reformas estructurales, su foto con el rey de Noruega aún brilla en su sitio web, como trofeo de una diplomacia prestada.
Lo verdaderamente preocupante no es que Jorge Leyva use esa imagen —que data de su brevísimo paso como embajador en Oslo— para venderse como asesor global, sino que durante 18 meses fue una figura constante en los viajes internacionales del Gobierno Petro, sin tener ningún cargo oficial. Un observador omnipresente en cenas oficiales, cumbres y encuentros con líderes mundiales. Un “lobista con inmunidad simbólica”, como lo ha descrito una fuente cercana a la Cancillería.
Y si bien la figura del “acompañante” podría parecer anecdótica, lo que inquieta es lo que representa: un sistema en el que lo público es manejado como propiedad familiar. La defensa del excanciller Leyva lo dice todo: “El niño tiene 54 años, que haga lo que le dé la gana”. Lo que parecía una frase de indulgencia es, en realidad, una confesión de poder.
La ruptura con Petro es apenas la superficie visible de un iceberg más profundo. El presidente asegura que el enojo del exministro se detonó cuando se negó a entregarle un nuevo cargo a Jorge, después de la suspensión del padre por el escándalo de los pasaportes. Como si dirigir la Cancillería fuera un título nobiliario que se hereda al hijo tras el destierro del padre.
Esta es, quizás, una de las confrontaciones más simbólicas del gobierno actual. No es solo una pelea entre dos figuras del poder, sino una disputa entre dos formas de entender el Estado: como bien común o como patrimonio familiar.
Lo irónico es que Álvaro Leyva, quien alguna vez fue la voz del diálogo y la reconciliación, ha terminado protagonizando uno de los actos más viscerales de traición política reciente. Audios, cartas y acusaciones cruzadas lo han alejado definitivamente del Gobierno que ayudó a consolidar. Y en el centro del quiebre, como una constante que incomodaba en las cenas, estaba su hijo.
Colombia necesita romper con la narrativa de que el poder se transmite como una finca o una joya familiar. La meritocracia no puede seguir siendo una palabra bonita en discursos y una mala palabra en la práctica. Mientras se mantenga esa lógica hereditaria, seguiremos viendo a más “Jorges Leyva” con fotos de gala y hojas de vida infladas, vendiendo influencia al mejor postor.
La democracia no se hereda. Se construye. Y se defiende.





