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Hay decisiones judiciales que condenan a una persona y decisiones que, sin proponérselo, retratan a todo un sistema. La del Consejo de Estado contra Iván Name pertenece a la segunda clase. En 129 páginas, el alto tribunal declaró la «muerte política» del expresidente del Senado por haber recibido, según el fallo, 3.000 millones de pesos provenientes de los contratos opacos de la UNGRD para sacar adelante los proyectos bandera del gobierno de Gustavo Petro. Pero lo que convierte esta decisión en algo más grande que la caída de un político es el mapa que dibuja: el de una reforma social financiada, presuntamente, con plata robada al Estado.
Conviene decirlo sin eufemismos, porque el lenguaje jurídico tiende a anestesiar lo escandaloso. Lo que el Consejo de Estado documentó es que uno de los proyectos más importantes del petrismo —la reforma pensional— habría avanzado no solo por convicción ideológica ni por mayorías legítimas, sino, en parte, gracias a un soborno. La plata, según la decisión, salió de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, la misma caja de la que salieron los carrotanques y los jagüeyes de La Guajira. Y llegó a manos de Name, dice el fallo, de manos de Sandra Ortiz, entonces consejera para las regiones del gobierno Petro. La entidad creada para atender emergencias terminó, según la justicia, financiando la agenda legislativa del Ejecutivo.
El detalle más revelador —y el más incómodo— es el del modus operandi. El tribunal no habla de un voto comprado ni de un discurso a favor. Habla de algo más sutil y más eficaz: el manejo de la silla. Según el expediente que sigue su curso en la Corte Suprema, y que el Consejo de Estado retomó, Name se relevó de presidir 14 de las 16 sesiones plenarias en las que se debatió la reforma pensional, cediendo la presidencia a una senadora afín al gobierno para «generar la coyuntura propicia» y facilitar el manejo de los debates. El testimonio de Olmedo López —cabeza de la UNGRD y hoy pieza central del escándalo— lo puso en palabras el 26 de agosto de 2024: la colaboración de Name se tradujo, dijo, en incluir el proyecto a finales de 2023 y en «dejar el asiento de la presidencia» para facilitar el manejo de las plenarias.
Y aquí toca ser cuidadoso, porque la senadora que ocupó ese asiento tiene nombre, aparece 85 veces en el fallo y merece que su versión se escuche con la misma seriedad que los señalamientos: María José Pizarro. La hoy exsenadora —la misma que le impuso la banda presidencial a Petro— rechazó de plano que exista señalamiento alguno contra ella. «Ni remotamente se puede sostener que haya ‘señalamientos’. Eso lo dicen ustedes, no la justicia», respondió a EL TIEMPO. Su defensa es institucional y, hay que reconocerlo, jurídicamente sólida en su enunciado: el papel de la primera vicepresidencia es suplir al presidente cuando no está, «un mandato legal y para el que fui elegida». Y añadió un argumento que invierte la carga: sostiene que el trámite se demoró por problemas de quórum —muchas veces por uno o dos votos— y que era Name quien no aparecía, «pese a mi insistencia de que él estuviera presente».
Es un choque de relatos que vale la pena poner sobre la mesa sin resolverlo a la fuerza. Para el Consejo de Estado, que Name cediera la presidencia en 14 de 16 sesiones «no obedeció a una situación accidental o circunstancial, sino a un patrón de conducta» sin justificación constitucional, porque no mediaron ausencias, vacancias ni imposibilidad material demostrada. Para Pizarro, ella simplemente cumplió la función para la que fue elegida, mientras la entonces oposición —dice— usaba «todo tipo de maniobras» para retrasar el debate. Ambas cosas pueden ser parcialmente ciertas: que Name tuviera un patrón sospechoso de ausencias y que Pizarro, al reemplazarlo, actuara dentro de sus atribuciones legales. Lo que el fallo declara probado es la conducta de Name; lo que insinúa sobre el contexto no es, por ahora, una condena contra nadie más.
Pero hay una lectura política que ningún tecnicismo borra. Si la versión del Consejo de Estado se sostiene, entonces la reforma pensional —vendida como una conquista social del progresismo— llegó a la meta, al menos en parte, empujada por dinero sucio. Y eso golpea el corazón del relato petrista: el de un gobierno que se presentó como la ruptura ética frente a la política tradicional y que hoy ve cómo sus proyectos insignia aparecen salpicados por la misma plata robada que prometió combatir. No es un adversario el que lo dice. Es un tribunal, con actas, fechas, horas y soportes audiovisuales.
Queda, por supuesto, el debido cuidado. Name puede apelar y su proceso penal sigue abierto en la Corte Suprema. Sandra Ortiz enfrenta su propio camino judicial. Olmedo López es un testigo que negocia con la Fiscalía, y su palabra debe pesarse con la prudencia que merece quien busca beneficios a cambio de colaborar. Y Pizarro no está condenada por nada: su nombre en el expediente es contexto, no sentencia. Todo eso es cierto y debe repetirse.
Pero también es cierto esto: cuando un tribunal documenta que la silla de la presidencia del Senado se movió al ritmo de un soborno de la UNGRD, la pregunta ya no es solo qué le pasará a Iván Name. La pregunta es cuánto de lo que se aprobó en esos meses fue producto de la deliberación democrática y cuánto fue producto de una transacción. Y esa pregunta, incómoda para el gobierno que se dijo distinto, apenas empieza a responderse.
La muerte política de Name no cierra el caso. Lo abre. Porque detrás de una silla cedida hay siempre una mano que la empujó, y el país todavía no ha visto todas las manos.





