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Hay debates económicos que elevan a un país y debates que lo reducen a un intercambio de dardos en una red social. El que protagonizaron esta semana el vicepresidente José Manuel Restrepo y el expresidente Gustavo Petro empezó siendo lo primero y terminó, como casi todo en Colombia, siendo lo segundo. Y vale la pena detenerse en él, no por el espectáculo, sino por lo que revela sobre cómo se discute la economía cuando la política manda.
Todo arrancó el 30 de septiembre, en el Congreso de Acopi, cuando Restrepo cuestionó la teoría del decrecimiento y la calificó de «estúpida o ideológica», prometiendo que no haría parte del enfoque del gobierno de Abelardo De La Espriella. Petro respondió en X con un argumento que, hay que decirlo, no es menor: que el decrecimiento no es una receta para los países pobres sino para los ricos, y que empieza por el consumo suntuario y el de mercancías basadas en hidrocarburos. «Si los países desarrollados no disminuyen sus consumos venenosos, lo que se extingue es la vida humana», escribió.
Aquí conviene la honestidad intelectual, por encima de la simpatía política. El punto de Petro sobre el decrecimiento no es ninguna extravagancia: es una discusión académica seria que se da en Europa y que, en efecto, apunta sobre todo a las economías de alto consumo. Reducirla a «estupidez» es más eficaz para un titular que para un debate. Pero Restrepo tenía lista la estocada, y era políticamente demoledora: «Fíjese que la ‘estupidez’ en su gobierno llevó a proponerlo aún para Colombia«. Ahí está la trampa y el acierto del vicepresidente: una cosa es defender el decrecimiento como tesis para países ricos, y otra muy distinta es que un país que necesita crecer para sacar gente de la pobreza coquetee con esa idea. Si el gobierno Petro la planteó para Colombia —como afirma Restrepo—, el reproche es legítimo.
El problema es lo que vino después, porque el vicepresidente pasó del argumento al inventario de agravios. Acusó a la administración anterior de un «pésimo crecimiento» basado en gasto público, del «peor dato de inversión privada en relación al PIB en 51 años», de inflar el empleo con «burocracia estatal innecesaria» y «rebusque», y cerró con la frase que quedó para los titulares: «En la patria milagro no seguiremos su estúpida receta: derroche, aumento en el déficit fiscal, corrupción y sobreendeudamiento».
Son cuatro acusaciones gruesas, y cada una merecería su propia columna. Pero aquí aparece el verdadero déficit de este debate: el de la verificación. El dato de la inversión privada «en 51 años» es contundente como consigna, pero exige fuente, metodología y contexto antes de darlo por cierto. Lo mismo la afirmación de que el empleo reciente fue «burocracia innecesaria»: es una interpretación, no un hecho, y el propio Restrepo reconoció que «el último dato de empleo también era responsabilidad de la administración anterior» —un reconocimiento revelador, porque admite que las cifras que hoy exhibe el gobierno todavía arrastran la gestión que critica—. En economía, los números no tienen dueño ideológico, pero sí tienen rezago. Y atribuir cada buen dato al mérito propio y cada mal dato al predecesor es un deporte que juegan todos los gobiernos, de todos los colores.
Hay un telón de fondo que no se puede ignorar y que le da peso a la ofensiva de Restrepo: la narrativa del «mal heredado». De La Espriella ha dicho que recibió unas finanzas públicas «en un estado lamentable» y, el 27 de septiembre, calificó la situación fiscal como «la más crítica de toda nuestra historia», anunciando conversaciones con el Fondo Monetario Internacional. Ese anuncio es la pieza que falta para entender el cruce: la pelea en X no es un capricho de egos, es la preparación del terreno. Un gobierno que va a tocar la puerta del FMI necesita, políticamente, que la ciudadanía tenga claro de quién es la culpa antes de que lleguen los ajustes. El insulto a Petro no es solo desahogo: es blindaje narrativo.
Y ahí está lo que más debería preocuparnos, por encima de quién tiene la razón técnica. Colombia enfrenta una discusión fiscal de verdad —déficit, deuda, inversión, empleo, y ahora el FMI en el horizonte— y la estamos procesando a punta de «estúpido» por aquí y «estúpido» por allá. Petro usó la palabra primero contra la idea; Restrepo se la devolvió multiplicada. El ciudadano que paga impuestos y que va a sentir los efectos de cualquier acuerdo con el Fondo se queda, al final, sin lo que más necesita: cifras verificadas, contexto y un debate que trate su inteligencia con respeto.
El decrecimiento podrá ser discutible y la herencia fiscal podrá ser pesada. Pero la receta más estúpida de todas es la de reemplazar los datos por los insultos, porque esa sí no hace crecer a nadie.





