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Hay peleas en redes que terminan enseñando más que mil debates de salón. El cruce reciente en X alrededor de la representante Ana Erazo, la joven politóloga de derecha María Eugenia Gómez Arias —conocida como Megan— y una reconocida feminista que entró a terciar, es uno de esos episodios. Porque mostró, sin quererlo, que el respeto a la voz del otro no tiene carné de partido.
Vamos por el orden de los hechos, que importa.
Primero habló Megan. En un video lanzó una batería de afirmaciones económicas: que Colombia habría cambiado «un crédito al 3% por deuda al 14%», que perdió la Línea de Crédito Flexible del FMI, que hoy carga «la peor calificación crediticia de su historia» y que el déficit proyectado para 2027 sería del 9,4% del PIB. Afirmaciones fuertes, discutibles y —sobre todo— debatibles con datos.
Pero la representante Ana Erazo, defensora del expresidente Petro, no fue a los datos. Fue al tono. «¿Por qué habla así?», preguntó, con emojis de burla, y remató con un «¿Quién les escribe esto? ¿Quién las obliga a hablar así?». En vez de rebatir una cifra, auditó un acento.
Y entonces ocurrió lo interesante: quien salió a poner las cosas en su sitio no fue otra figura de derecha, sino una feminista reconocida que, además, se declara abiertamente no petrista y con «muchas diferencias» con Megan. Su intervención fue una pequeña clase magistral.
Le recordó a la representante que descalificar a alguien por cómo habla y no por lo que dice tiene nombre: la «policía del tono«. Una técnica de poder que cambia el foco —ya no se discute el argumento, se discute tu forma de hablar— y que obliga al otro a defenderse a sí mismo en lugar de defender su idea. Lo llamó, también, glotofobia y racismo lingüístico: la pretensión de que existe un español «neutro» cuando lo que existe es un español hegemónico, andino y blanqueado, impuesto como «correcto».
El golpe más fino fue el constitucional. La feminista le enrostró a Erazo los artículos de la Carta del 91 que, como congresista, juró defender: el artículo 1 (dignidad humana), el 7 (diversidad étnica y cultural), el 13 (prohibición de discriminar por raza, origen o lengua), el 16 y 20 (libre desarrollo de la personalidad y libertad de expresión, que incluye tono, acento y estilo) y el 133, que recuerda que una representante lo es de todo el pueblo. «Usted no cuestionó un argumento, atacó una dignidad», le dijo. Y el acento afro, joven y costeño de Megan, agregó, «es diversidad protegida, no un error que corregir».
Aquí está la lección que vale la pena subrayar.
El feminismo de verdad no consiste en defender solo a las mujeres que piensan como uno. Consiste en defender la voz de cualquier mujer frente a quien pretende silenciarla por cómo suena. Esta feminista no comparte las ideas de Megan —lo dijo con todas las letras—, y aun así salió a protegerla de un gesto clasista. Eso es sororidad en su sentido más incómodo y más honesto: ponerse del lado de la dignidad de la adversaria.
Y la paradoja incomoda del lado contrario. Ana Erazo milita en un proyecto político que se presenta como abanderado de los nadie, de las regiones, de las voces históricamente acalladas. Que una de sus representantes recurra a preguntar «¿por qué habla así?» a una mujer joven y costeña es exactamente la clase de clasismo que ese discurso dice combatir. No se puede reivindicar al pueblo y, al mismo tiempo, hacerle examen de fonética cuando ese pueblo opina distinto.
Nada de esto significa que Megan tenga la razón en lo económico. Quizá la tenga, quizá no: para eso están los datos del Ministerio de Hacienda, del Banco de la República, del propio FMI y de las calificadoras. Esa discusión —la de verdad— sigue pendiente, enterrada bajo la polvareda del «¿por qué habla así?». Y ese es, al final, el verdadero costo de la policía del tono: no solo humilla a quien habla, también le roba al país el debate que merecía.
Que hablen todas como quieran: la costeña, la bogotana, la de izquierda, la de derecha. La Constitución las ampara a todas por igual. Lo que no se vale es usar la investidura para corregir acentos en vez de confrontar ideas. En esa pelea, curiosamente, la que mejor entendió la Carta del 91 no fue la congresista. Fue una feminista que ni siquiera estaba defendiendo a los suyos.





