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Hay cifras que uno lee dos veces porque parecen un error de digitación. Esta no lo es: la deuda bruta del Gobierno Nacional llegó a $1.068 billones a corte de agosto. No es una proyección de economista agorero ni un titular de campaña. Es la respuesta que la Contraloría General le dio por escrito a EL TIEMPO. Y viene con una frase que debería quitarnos el sueño: ni en la pandemia, con el país detenido, estuvimos tan apretados. Según el profesor David Pérez-Reyna, de los Andes, habría que remontarse a la Guerra de los Mil Días para encontrar algo parecido.
Repito la fecha de ese dato porque importa: 1899. El país que financió esa guerra con papel moneda que terminó valiendo nada es el mismo que hoy debe más de mil billones de pesos. La historia no se repite, pero a veces rima con descaro.
Conviene bajar los números del pedestal técnico y ponerlos donde duelen: en el bolsillo. Cuando el Estado gasta más de lo que recoge, se endeuda; y para que le presten, paga intereses más altos. Esos intereses no se quedan en una hoja de Excel del Ministerio de Hacienda. Se trasladan al crédito de vivienda que usted pide, al préstamo de consumo que saca a fin de mes, al empleo que la empresa decide no crear porque invertir salió más caro. La factura del despilfarro siempre la termina pagando el que madruga a trabajar.
Y aquí es donde la columna deja de ser aritmética. Los datos son fríos, pero la responsabilidad tiene nombre y fechas. El gobierno de Gustavo Petro le entregó al presidente Abelardo De La Espriella un cupo de endeudamiento anual copado al 97 % cuando todavía faltaba la mitad de 2026. Léalo con calma: quemaron casi todo el combustible fiscal del año antes de que el año terminara. Eso no es una opinión mía; es el registro que reporta la propia Contraloría. Recibir una casa es una cosa; recibirla hipotecada hasta el techo es otra muy distinta.
Lo más grave no es el tamaño de la deuda, sino para qué dejamos de usarla. Como lo explica Pérez-Reyna, más deuda estatal empuja las tasas hacia arriba y le quita oxígeno a la inversión privada. En cristiano: cada peso que el país destina a pagar lo que debe es un peso que no construye una carretera, no termina un hospital, no abre un cupo universitario. Hemos llegado al punto en que el endeudamiento ya no financia el futuro, sino que apenas mantiene prendidas las luces del presente. De cada 100de gasto público, 23 se van en servir la deuda. Casi una cuarta parte del esfuerzo nacional girando en el vacío.
La Contraloría no se quedó callada. Entre enero y agosto emitió siete alertas. En abril le mandó una Función de Advertencia al entonces ministro Germán Ávila por el ritmo del endeudamiento. Y aquí hay que ser preciso, porque el matiz es lo serio: el ente de control confirmó un hallazgo con incidencia disciplinaria contra Ávila y lo remitió a la Procuraduría. Ojo: la Contraloría misma aclaró que las acciones del Ejecutivo fueron legales, aunque pusieran en riesgo el rumbo fiscal del Estado. No estamos ante un fallo que condene a nadie —la Procuraduría apenas deberá investigar y rige la presunción de inocencia—, pero sí ante una señal institucional que no se puede minimizar con un trino. Que el guardián de las cuentas públicas prenda siete veces la alarma no es ruido: es el tablero parpadeando en rojo.
Ahora bien, no todo es abismo, y sería deshonesto pintarlo así. Colombia sigue siendo buen pagador —pagó $6,08 billones en TES en agosto sin despeinarse— y por eso todavía le prestan. La caída del dólar, además, le dio un respiro: por cada 100 pesos que baja, la deuda se acorta unos 7 billones. Hay margen. Pero el margen no es un plan.
El plan, dice Pérez-Reyna, exige las dos cosas que ningún gobierno quiere hacer al tiempo: recortar gasto y subir recaudo. No a punta de exprimir más a los mismos de siempre, sino ensanchando la base de quienes pagan. Es incómodo, es impopular, y es exactamente por eso que lleva años sin hacerse.
Al nuevo gobierno le toca apagar un incendio que no prendió, pero que ahora es suyo. La herencia de los $1.068 billones no admite excusas ni más patadas hacia adelante. O se corrige a fuego lento, con responsabilidad, o la próxima generación pagará la cuenta de una guerra que, esta vez, nos hicimos solos.





