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septiembre 18, 2026El error que el Pacto Histórico no quiere admitir: No hubo jugadita, hubo un mal cálculo propio
En política, es más fácil gritar conspiración que reconocer un error de cálculo. Eso es exactamente lo que ocurrió esta semana en el Congreso, cuando el Pacto Histórico intentó explicar por qué su moción de censura contra el ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, no llegó a debatirse en la Cámara de Representantes. La respuesta que dieron fue «jugadita» de la coalición de gobierno. La explicación real, sin embargo, es mucho menos conspirativa: se trató de un error de estrategia legislativa cometido por el propio Pacto Histórico.
Lo que realmente pasó
El ministro Beltrán fue citado a moción de censura tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, por el mismo hecho: un viaje familiar a Santa Marta apenas días después del terremoto del 10 de agosto. El problema es que fue el propio Pacto Histórico el que radicó la moción en las dos corporaciones al mismo tiempo, algo que el artículo 135 de la Constitución y la Ley Quinta no permiten tramitar de manera simultánea e independiente: cuando una de las dos corporaciones ya vota y decide sobre un asunto puntual, la otra queda automáticamente inhibida para continuar el mismo trámite.
El Senado votó primero. Con 60 votos en contra y 27 a favor, hundió la moción contra Beltrán. Esa decisión, por mandato constitucional, dejó inhibida a la Cámara de Representantes para adelantar su propio debate sobre los mismos hechos. No hubo necesidad de ninguna maniobra oculta de la coalición de gobierno: la norma se aplicó tal como está escrita.
Las aclaraciones que desmontan la teoría de la «jugadita»
El presidente de la Cámara de Representantes, Nicolás Barguil, fue enfático al respecto: la citación para el debate se había fijado desde el 4 de septiembre, la mesa directiva mantuvo el procedimiento y la fecha previstos, y fueron las propias actas y fechas las que demostraron que no existió sesgo ni maniobra alguna en el trámite. En la misma línea, el representante Daniel Briceño, del Centro Democrático, explicó públicamente que la razón por la que no se votó en la Cámara fue, precisamente, que el mismo petrismo había radicado dos mociones de censura en ambas corporaciones, y que al haberse tramitado ya en el Senado, la Cámara no tenía la facultad legal para repetir el ejercicio.
Es decir: dos voceros distintos, desde dos roles distintos dentro del Congreso, coincidieron en el mismo diagnóstico técnico. No hubo jugadita de la coalición. Hubo una decisión de estrategia legislativa del propio Pacto Histórico que terminó jugándole en contra.
De la confusión al espectáculo
Lo que debió quedar como una simple aclaración procesal escaló, sin embargo, a un episodio que terminó opacando la discusión de fondo. El representante Jaime Raúl Salamanca cuestionó públicamente lo que llamó una «jugadita de impedir la moción de censura en la Cámara», sin reconocer que el origen del bloqueo estaba en la propia radicación doble de su bancada. Y en lugar de aclarar el punto técnico o insistir en el fondo del debate —la pertinencia del viaje del ministro en medio de una emergencia nacional—, congresistas del Pacto Histórico optaron por llevar a la plenaria flotadores, pelotas de playa, piñas coladas e inflables, en una puesta en escena que generó un rechazo amplio, incluso desde sectores ajenos al Gobierno, por restarle seriedad a un ejercicio de control político que merecía otro tono.
La lección que deja el episodio
Más allá de si el viaje de Beltrán a Santa Marta fue o no oportuno —un debate legítimo que sí tuvo lugar y que terminó resuelto con 60 votos en contra y 27 a favor en el Senado—, este episodio deja una enseñanza incómoda sobre cómo se ejerce hoy la oposición en el Congreso: cuando el argumento de fondo no alcanza para tumbar a un funcionario, conviene resistir la tentación de inventar una conspiración donde en realidad hubo un error propio de cálculo legislativo. Reconocer ese error habría sido un ejercicio de responsabilidad política. Convertirlo en un circo con elementos de playa fue, en cambio, la manera más eficaz de que la discusión de fondo terminara perdida entre inflables y titulares sobre la forma, en lugar del contenido.





