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junio 2, 2026Ni Constituyente ni ruptura con Petro: Las piruetas de María José Pizarro para salvar la campaña de Cepeda
El tablero político tras el 31 de mayo dejó una lección fría y matemática para el Pacto Histórico: la pureza ideológica no alcanza para ganar la presidencia. Con Abelardo De la Espriella capitalizando el voto de la centroderecha y la derecha con un discurso de mano firme, la campaña de Iván Cepeda entendió que el camino hacia la Casa de Nariño en segunda vuelta no se construye agitando el fantasma de la refundación nacional, sino bajando los decibelios.
La encargada de escenificar este volantazo estratégico fue la senadora María José Pizarro. En los micrófonos de Mañanas Blu, la jefa de debate no dejó espacio a las interpretaciones: «No vamos a impulsar una Asamblea Nacional Constituyente». Con esa frase, Pizarro intentó cortar de raíz el cordón umbilical que unía la narrativa de Cepeda con la propuesta más divisiva y controversial del presidente Gustavo Petro.
Para el petrismo duro, la Constituyente era una promesa de cambio estructural; para el electorado de centro, el empresariado y las altas cortes, un salto al vacío institucional. Al archivar la idea y sustituirla por el desgastado pero más seguro concepto de «Acuerdo Nacional», la campaña busca tres objetivos vitales para sobrevivir en las urnas las próximas semanas:
Oxígeno en el centro: El votante indeciso y moderado, vital para desempatar cualquier segunda vuelta, huye de la inestabilidad. Sacar la Constituyente de la agenda es quitarle el principal espantapájaros a la oposición.
Alineación con el candidato: La confrontación constitucional encajaba con el estilo de Petro, pero desdibujaba a Iván Cepeda. El fuerte del candidato siempre ha sido el perfil conciliador y la defensa sectorial de los Derechos Humanos, no el choque de trenes institucional.
Bajar la resistencia: Gobernar Colombia requiere puentes con el Congreso y los gremios económicos. Moderar la propuesta es un mensaje de tranquilidad para los mercados y las instituciones de que las reformas sociales se buscarán por las vías ordinarias.
Por supuesto, la oposición no ha tardado en calificar este movimiento como un mero cálculo de conveniencia electoral. Y tienen parte de razón: la política es, al fin y al cabo, pragmatismo puro cuando los votos escasean. Sin embargo, para Pizarro —defensora histórica de la Constitución del 91— el desmarque es también una salida lógica. Cambiar las reglas de juego no es necesario si el Congreso camina, y para que camine, se necesitan consensos, no amenazas de disolución.
El verdadero reto del Pacto Histórico ahora no está en los micrófonos de Bogotá, sino en el asfalto. Como bien reconoció Pizarro, la campaña necesita «mucha más presencia en calle» y reajustar una estrategia digital que se ha visto desbordada por la chequera de sus adversarios. El giro hacia el centro ya se hizo en el papel; ahora falta ver si las bases radicales compran este pragmatismo o si la moderación termina enfriando el entusiasmo de su propio electorado. En política, a veces, para sumar en el centro se corre el riesgo de restar en los extremos.
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