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Hay frases que revelan más de lo que su autor pretende. «Si no te gusta Colombia, nuestra gente, nuestra cultura y nuestra comida: ¿POR QUÉ NO TE VAS DEL PAÍS?», escribió Iván Cepeda en sus redes sociales, acompañando el mensaje con la canción ¿Por qué no se van? del grupo chileno Los Prisioneros. Una publicación que, lejos de ser un grito espontáneo, es la radiografía de una mentalidad política peligrosa.
El candidato de la contradicción
Cepeda se presenta como el abanderado del «Acuerdo Nacional», la gran promesa de unidad que supuestamente diferencia su candidatura del agotado proyecto del gobierno Petro. Pero con un solo tuit tiró por la borda esa narrativa. Como bien señaló el exsenador Humberto de la Calle: es entendible como grito emocional, pero como publicidad de quien aspira a gobernar a todos los colombianos, es profundamente contradictorio. ¿Cómo se construye un acuerdo nacional diciéndole a millones de compatriotas que se vayan?
La respuesta más honesta es que no se puede. Y esa contradicción no es un error de comunicación: es una ventana al alma política de quienes hoy buscan suceder a Gustavo Petro.
Una receta conocida
Colombia no es el primer país de la región en escuchar este tipo de consignas. Venezuela y Cuba son el manual de instrucciones de lo que ocurre cuando un gobierno empieza a dividir a los ciudadanos entre los que «aman la patria» y los que «no merecen estar en ella». Primero viene la retórica. Después, los que se quedan no es porque quieran: es porque ya no pueden irse, o porque ya los expulsaron.
No es alarmismo. Es historia reciente. Entre 2022 y 2024, según cifras citadas por el exsenador Jorge Enrique Robledo, 1,33 millones de colombianos emigraron. No se fueron porque no aman a Colombia. Se fueron porque el país no les ofreció las oportunidades que merecen. Ese es el debate que Cepeda debería estar dando, no señalar con el dedo a quienes ejercen su legítimo derecho a la crítica.
El problema de fondo
La exministra Cecilia López Montaño lo dijo con una claridad que merece aplausos: «A mí nadie me saca de mi país, así algunas cosas no me gusten. Yo me quedo en Colombia, gane quien gane». Esa es la actitud de un ciudadano libre en una democracia. Quedarse, disentir, pelear por el país desde adentro.
Un presidente no gobierna para quienes piensan igual que él. Gobierna para todos. Para el que votó por él y para el que no. Para el que ama la bandeja paisa y para el que prefiere la pizza. Para el que canta el himno con lágrimas y para el que le señala al país sus defectos con amor crítico. Confundir el disenso con la traición es el primer paso hacia el autoritarismo.
¿Qué nos dice esto de cara al 21 de junio?
El 21 de junio los colombianos elegirán entre Cepeda y Abelardo de la Espriella. Antes de marcar el tarjetón, vale la pena hacerse una pregunta sencilla: ¿a quién le conviene un presidente que, ante la crítica, responde con «lárguese»?
Las democracias no mueren de un solo golpe. Mueren de frases como esta, repetidas cada vez con más naturalidad, hasta que un día nadie recuerda cuándo fue que el disenso dejó de ser un derecho y se convirtió en una amenaza.
Colombia merece un liderazgo que aguante la crítica. Que la escuche. Que la procese. Que, en lugar de expulsar simbólicamente a quienes piensan diferente, tenga la grandeza de gobernar para todos.
Eso, señor Cepeda, no se logra con canciones de Los Prisioneros.





