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agosto 2, 2026¿Es de derecha el Centro Democrático? La pregunta que el propio partido no logra responder
Hay preguntas que uno esperaría resueltas en el estatuto fundacional de cualquier partido. «¿De qué lado del espectro político estamos?» parecería ser una de ellas. Y sin embargo, quince años después de su creación, esa es exactamente la pregunta que hoy divide públicamente al Centro Democrático, el partido de Álvaro Uribe Vélez, apenas semanas después de perder la Presidencia frente a Abelardo de la Espriella.
La chispa: una frase que Paloma Valencia no se cansó de repetir
Todo comenzó con una entrevista, y se consolidó con una insistencia. Paloma Valencia, exsenadora y quien fue la candidata presidencial del partido en las últimas elecciones, sostuvo hace unas semanas una distinción que a muchos de sus copartidarios les sonó a herejía: «El gobierno de De la Espriella es de derecha; ellos se autodenominan de derecha. El Centro Democrático, por el contrario, nunca ha sido un partido de derecha».
Lejos de matizar esa afirmación ante la controversia que generó, Valencia la repitió y la profundizó la semana pasada, esta vez en un escenario mucho más cargado de simbolismo: la Jornada de Reflexión «Unidad, Doctrina y Futuro», realizada en Medellín, la ciudad donde nació el uribismo como proyecto político.
Allí fue todavía más explícita. Advirtió que quien cree que el Centro Democrático es «el partido de Hayek y de las libertades económicas», donde el Estado se cruza de brazos frente al hambre de los ciudadanos, está en el partido equivocado. Y trazó una línea directa entre su visión y los modelos de Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador —los dos referentes internacionales que buena parte de la derecha latinoamericana ha adoptado como espejo en los últimos años—, distanciándose explícitamente de ambos.
Para Valencia, las categorías mismas de derecha e izquierda «entraron en desuso hace mucho tiempo». Su propuesta de identidad es otra: el Centro Democrático no sería un partido de derecha, sino, en sus palabras, un partido «uribista» —una etiqueta que remite más a la figura de su fundador que a una ubicación específica en el espectro ideológico.
La respuesta: «una catástrofe ideológica»
La reacción no se hizo esperar, y llegó desde uno de los sectores más identificados con el conservadurismo dentro de la colectividad. María Fernanda Cabal, exsenadora y una de las voces más beligerantes del uribismo en los últimos años, respondió en X con un mensaje que no dejaba espacio para la ambigüedad: «Yo no llegué al Centro Democrático ayer. Durante 15 años ayudé a construir el partido y defendí, muchas veces en soledad, la libertad, la familia, la seguridad, la propiedad privada y la iniciativa empresarial. Creí que esas eran nuestras banderas, no una utilería de campaña».
Y remató con la frase que terminó definiendo el tono de toda la discusión: «Oír ahora que el Centro Democrático ‘no es de derecha’ revela una catástrofe ideológica». Para Cabal, la pregunta que se abre si el partido abandona esos principios fundacionales es existencial: «Si el partido renuncia a las ideas que le dieron identidad, ¿qué queda? Una sigla, una burocracia y algunos dirigentes buscando dónde acomodarse».
En publicaciones posteriores, Cabal amplió su argumento más allá de la coyuntura interna del CD. Sostuvo que ser de derecha «no es una enfermedad que deba ocultarse» y llamó a la militancia a construir una corriente «sin complejos». Trazó, además, un diagnóstico regional: acusó a la izquierda de haber ocupado con paciencia sindicatos, universidades, colegios y organizaciones sociales, mientras —en su descripción— «una derecha acomplejada se limitó a pedir permiso para opinar». Y advirtió, citando el caso europeo, que «Europa ya pagó el costo de una derecha tibia», en una alusión a partidos conservadores que, según su lectura, terminaron ejecutando las agendas de sus propios adversarios políticos por no sostener con firmeza sus convicciones.
Como corolario de esa idea, Cabal anunció la creación de la Escuela de Libertad, un espacio pensado para convocar a lo que ella denomina una «Nueva Derecha sin complejos», con los autodenominados «Guardianes de la Libertad» como su brazo de movilización.
Una pelea que no se queda entre dos
Lo que distingue esta disputa de un simple cruce de trinos es que otros congresistas del partido salieron a tomar posición de manera explícita, sin esperar a que la controversia se resolviera puertas adentro. El senador Juan Espinal publicó en sus redes: «Soy senador del Centro Democrático y soy de derecha». El mismo gesto repitieron el congresista Jaime Arizabaleta y el concejal de Medellín Andrés Rodríguez, cada uno reafirmando públicamente su identificación con esa etiqueta que Valencia insiste en rechazar para el partido como colectividad.
Esa reacción en cadena es la que ha llevado a que la controversia se lea, dentro y fuera del partido, no como una diferencia semántica sobre nomenclatura política, sino como una disputa real sobre el rumbo que debe tomar el uribismo después de perder la Presidencia.
Lo que hay detrás de la etiqueta
Vale la pena preguntarse por qué una discusión aparentemente semántica —¿es o no es de derecha un partido?— genera este nivel de tensión interna. La respuesta probablemente tiene menos que ver con las palabras y más con la estrategia.
Valencia parece estar planteando un argumento de posicionamiento electoral: si el gobierno de Abelardo de la Espriella ya ocupa el espacio de la derecha autodenominada —con retórica y estilo más cercanos a Bukele o Milei—, al Centro Democrático podría convenirle diferenciarse, apelando a su propio legado de gestión durante los gobiernos de Uribe como un modelo distinto, con mayor intervención social del Estado y resultados que ella misma reivindica como «extraordinarios» en materia de bienestar y legitimidad democrática.
Cabal, en cambio, defiende que abandonar la etiqueta de derecha —incluso por razones tácticas— equivale a ceder terreno ideológico a un adversario que, en su lectura, ya construyó hegemonía cultural en sindicatos, universidades y movimientos sociales precisamente porque la derecha, según ella, se acostumbró a pedir permiso antes de defender sus propias convicciones.
Una pregunta sin resolver, a pocas semanas del cambio de gobierno
Lo cierto es que, mientras el Centro Democrático discute públicamente si es o no es de derecha, el país ya tiene un gobierno —el de Abelardo de la Espriella— que sí se autodenomina así sin ambigüedades. Esa coincidencia de tiempos no es casual: buena parte de la tensión dentro del uribismo parece nacer, precisamente, de la necesidad de definir qué papel jugará el partido frente a un gobierno que ocupa un espacio ideológico que el Centro Democrático, durante años, dio por sentado que era suyo.
La Jornada de Reflexión en Medellín tenía, en su nombre, la palabra «futuro». Lo que queda claro, después de esta semana, es que ese futuro todavía no tiene una definición compartida dentro del propio partido.





