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El testigo clave de la UNGRD busca aliados en Washington
Hay una frase coloquial que en Colombia describe perfectamente lo que acaba de hacer Sneyder Pinilla: «prender el ventilador». No es ir a la justicia a aportar una prueba más. Es buscar que la mugre vuele lejos, hacia donde nadie pueda barrerla bajo la alfombra. Y el destinatario que escogió no es un juez colombiano ni la Fiscalía que ya lo procesó: es el Congreso de Estados Unidos, con copia directa al secretario de Estado Marco Rubio, a la congresista María Elvira Salazar y al senador Bernie Moreno.
El nombre de Moreno no es un detalle menor. Fue observador internacional en las dos vueltas presidenciales y se reunió con Abelardo de la Espriella tanto antes como después de su elección. Que el testigo estrella del saqueo a la UNGRD decida tocar esa puerta justo cuando el poder en Colombia está cambiando de manos, con un presidente electo que ya tiene línea directa con ese mismo senador, no parece casualidad. Puede serlo. Pero la coincidencia, como mínimo, exige la pregunta.
¿Qué ofrece Pinilla? En su carta habla de poner a disposición de las autoridades estadounidenses documentos, testimonios y pruebas sobre presuntos hechos de corrupción en Colombia, con énfasis en movimientos financieros que, según él, trascienden las fronteras del país. Es decir, no está hablando solo del saqueo de unos camiones cisterna o de unas vías terciarias que nunca se construyeron: está sugiriendo que el dinero pudo haber salido de Colombia y haber tocado intereses que le importan a Washington. Si eso es cierto, la magnitud del escándalo cambia de categoría. Si no lo es, de todos modos cumple su función: pone a la administración entrante bajo la lupa de un aliado que puede ser tan útil como incómodo.
Conviene no olvidar quién es Pinilla y por qué su palabra pesa. No es un denunciante anónimo: es el primer funcionario que aceptó su responsabilidad en el desfalco a la entidad encargada de atender desastres naturales en el país, devolvió 618 millones de pesos y quedó sentenciado a cinco años y ocho meses tras un preacuerdo con la Fiscalía. Desde 2024 viene confesando con un detalle incómodo para el poder: aseguró haber sido parte de una estructura que, por orden de su jefe, pagó sobornos a congresistas para garantizar el respaldo a las reformas insignia del gobierno Petro. No habló de corrupción genérica. Habló de plata pública convertida en votos legislativos para las reformas sociales que el propio Presidente, en su mensaje de despedida, se negó a dar por enterradas.
Ahí está el verdadero cortocircuito. El gobierno que sale defendiendo su legado social es, según el testigo que lo destapó todo, el mismo que habría untado ese legado con sobornos desde la entidad de gestión del riesgo. Y el testigo, que ya pagó su condena y ya hizo su confesión doméstica, decide ahora que el siguiente capítulo no se juega en un tribunal colombiano sino en una oficina en Washington.
¿Por qué internacionalizar el caso justo ahora? Hay varias lecturas posibles, no necesariamente excluyentes. Puede ser una estrategia legítima de protección: un testigo que teme que, una vez cambie el ciclo político, el caso pierda impulso o se diluya en la rutina judicial colombiana. Puede ser también una jugada de leverage personal, buscando reducir aún más su exposición o ganar algún tipo de respaldo internacional. Y puede ser, sencillamente, el síntoma de algo más amplio: que parte de la clase política colombiana ya no confía en que la justicia local sea capaz de cerrar, sin presión externa, los casos que más le duelen al poder.
Lo cierto es que el país entra a un nuevo gobierno con dos historias de fondo cruzándose: una transición presidencial que, contra el guion que Petro mismo insinuó, se dio dentro de las reglas; y un escándalo de corrupción que se resiste a quedarse en el pasado y que ahora busca, literalmente, salir del país para encontrar quién lo escuche. La pregunta que deja Pinilla no es solo qué tanto sabía del saqueo a la UNGRD. Es si Colombia está dispuesta a investigar sus propios escándalos sin necesidad de que alguien tenga que ir a tocarle la puerta a Washington para que se tomen en serio.





