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abril 16, 2026El heredero del silencio: Iván Cepeda, el candidato que no se atreve a tocar a Petro.
Cepeda: El estruendoso silencio del «heredero»
Por: Redacción Política
Dicen que para ser político en Colombia hay que tener cuero de cocodrilo, pero lo de Iván Cepeda ya raya en el cinismo profesional. Mientras en Burkina Faso el capitán Ibrahim Traoré se quita la careta y dice sin sonrojarse que la democracia no sirve para nada, aquí jugamos al teatro de las formas. Cepeda, el hoy aspirante a suceder a Gustavo Petro, se llena la boca hablando de la Constitución del 91, pero sus actos —o más bien sus omisiones— cuentan una historia muy distinta.
Es fascinante, por no decir indignante, ver la metamorfosis del senador. Pasó de ser el «fiscal de hierro» de la oposición, ese que no dejaba pasar ni un suspiro sin montar un debate de control, a convertirse en un monje trapense frente a las porquerías de su propio patio. Aquella ferocidad con la que perseguía a Uribe o a Duque se esfumó. Hoy, Cepeda no habla; hoy, Cepeda «reflexiona» para no incomodar al jefe.
¿Dónde quedó el Cepeda que se rasgaba las vestiduras por la ética pública? Ante el saqueo de la UNGRD y los carrotanques de La Guajira, silencio. Ante el enriquecimiento de Nicolás Petro, silencio. Ante las grabaciones que vinculan a la campaña con ‘Papá Pitufo’, más silencio. Ya no es el buscador de la verdad; es el guardián de los secretos de la Casa de Nariño. Como bien dice Sergio Fajardo, ese silencio es un grito: es la complicidad de quien sabe que no puede morder la mano que le está tanqueando la campaña.
Ahora nos quiere vender una «Revolución Ética» en su programa de gobierno —esa colcha de retazos de discursos viejos que le dio pereza sentarse a escribir—. Habla de «megacorrupción» y de culpas compartidas desde hace 50 años. ¡Qué conveniente! Si la corrupción es un sistema abstracto y milenario, entonces nadie en este Gobierno tiene que responder por los contratos de hoy ni por las nóminas paralelas que están desangrando al Estado en niveles de récord Guinness.
Lo que realmente asusta es el disfraz de demócrata con el que engaña a los «biempensantes». Se rodea de figuras desgastadas como Juan Fernando Cristo para parecer de centro, pero en el fondo sigue siendo el mismo marxista-leninista que defiende la tiranía cubana y que le lavó la cara al narcotraficante Santrich hasta que el tipo se les voló en la cara.
Cepeda calla porque es su mejor estrategia. Sabe que criticar el desvarío autoritario de Petro, su desprecio por las cortes o sus ganas de gobernar por decreto, sería suicidarse políticamente. Es, socarradamente, el jefe de debate de un régimen que se dice anticolonialista pero que actúa con las mañas más rancias del cacicazgo.
Al final, el capitán de Burkina Faso resultó más honesto. Él nos avisó que la democracia no era lo suyo. Cepeda, en cambio, nos la promete mientras ayuda a enterrarla bajo el peso de su silencio cómplice.





