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Hay confesiones que llegan envueltas en comunicado de prensa. La de esta semana la firma un abogado, no un arrepentido, y dice más de lo que pretende: la oficina del penalista Álex Fernández Harding anunció que asumirá la defensa de Fredy Castillo Carrillo, alias ‘Pinocho’, cabecilla de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), y de su pareja Johana Murgas Guzmán, ‘la Mona’, capturada hace apenas unos días. El mensaje central es de una franqueza que incomoda: están listos a negociar. Con Estados Unidos y con el gobierno de Abelardo De La Espriella. En ese orden.
Conviene detenerse en el orden, porque no es casual. «Estados Unidos es la prioridad en este momento», dijo el abogado. Y ahí está retratado el país: la estructura que intentó paralizar a Santa Marta con un paro armado de 48 horas —la misma que obligó a cerrar comercios a bala— no le teme tanto a la justicia colombiana como a una corte de Austin, Texas. La que asusta, la que sienta a negociar, la que fija prioridades, es la de afuera. La de adentro, la nuestra, entra de segunda.
El comunicado no nació en el vacío. Llega después de que los operativos ordenados por el presidente De La Espriella en La Guajira y Magdalena neutralizaran a ‘Bendito Menor’ y a alias ‘el Cholo’, el segundo y el tercero al mando de las ACSN. Traduzcamos la secuencia sin adornos: cuando cayeron los de arriba, el de más arriba mandó a hablar a su abogado. La «voluntad de negociar» apareció cuando la mesa se quedó con dos sillas vacías. Es difícil no leer ahí una lección tan vieja como incómoda: para algunos, la disposición al diálogo es directamente proporcional al miedo.
Y sin embargo —aquí toca la honestidad— el abogado tiene un punto que merece ser escuchado, aunque venga de donde venga. Harding advirtió que el sometimiento «no depende de la voluntad del Ejecutivo», que hay que «cumplir la Constitución y la ley», y que el problema de la región «no se resuelve con más bolsas, más operativos o más cadáveres, sino que es estructural». Molesta escucharlo en boca del defensor de ‘Pinocho’. Pero negar que la Sierra Nevada arrastra un problema estructural sería tan ingenuo como creer que un cabecilla se entrega por convicción democrática. Se puede aplaudir un golpe operativo y, al mismo tiempo, reconocer que Santa Marta seguirá secuestrada por el miedo mientras solo cambiemos los nombres en el organigrama criminal.
Está también el detalle que revela cómo funciona de verdad este ecosistema. El bufete no debuta con ‘Pinocho’: ya representaba a su hermano, Carmen Evelio Castillo Carrillo, alias ‘Muñeca’, cuya extradición había sido frenada por el gobierno Petro. Dos hermanos, dos indictments —Austin y Virginia—, un mismo despacho de abogados y una extradición que el gobierno anterior mantuvo en la nevera. El relevo de administraciones no cambió a los actores; cambió las prioridades. Lo que Petro congeló, el nuevo gobierno tendrá que decidir si lo descongela. Y esa decisión dirá mucho más sobre la política de seguridad de De La Espriella que cualquier alocución presidencial.
Queda ‘la Mona’. Johana Murgas Guzmán tiene, según el abogado, un proceso abierto en Colombia por lavado de activos —por bienes en España— y está en juicio. Su captura, admitió el propio defensor, fue el detonante para que ‘Pinocho’ se decidiera a negociar. Es la variable humana que ninguna estrategia jurídica confiesa en voz alta: a veces lo que doblega a un cabecilla no es el Estado, sino que toquen a los suyos.
La pregunta de fondo no es si ‘Pinocho’ se somete o negocia —el abogado dice, con razón constitucional, que no le teme a ninguna de las dos palabras—. La pregunta es qué le va a ofrecer Colombia. Porque si al final la única jurisdicción con capacidad real de sentar a estos hombres es la de Texas, entonces cada operativo celebrado aquí termina siendo apenas la antesala de un juicio allá. Y un país que solo sabe producir cadáveres o extraditados, pero no verdad ni reparación para las víctimas de Santa Marta, no está ganando una guerra: está tercerizándola.
Que hablen los abogados. Pero que el Estado colombiano no llegue de segundo a su propia mesa.





